Una tarde con Diego Osorno en Madrid

Salma Abo Harp
May 14, 2018

Diego Enrique Osorno, escritor, periodista y documentalista regiomontano nacido en los 80s, es uno de los narradores del México del siglo XXI. Su trabajo ha sido reconocido por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, el premio A mano disarmata de Stampa Romana, en Italia, el Premio Nacional de Periodismo 2013 y más recientemente la revista Freeman´s lo cataloga como uno de los escritores que influyen en la literatura contemporánea. A continuación, una charla a lo largo de un domingo en Madrid, ciudad en la que Diego vivió antes de sus publicaciones y reconocimientos. ¿Qué ata al periodista a la capital española?

Era usual que la policía madrileña lo confundiera con un Kosovar al caminar por el barrio de Atocha. Su cuerpo alto, la piel clara y la barba de candado enmarcando los labios gruesos, con la nariz escoltada por dos ojos hundidos, lo delataban. Pero el chico de 22 años era un reportero mexicano que se refugiaba en Madrid en diciembre del 2002; un viaje para celebrar el final de la universidad se extendió por diez meses.

El exilio de Osorno, -el kosovar mexicano- lo propició un reportaje y una fotografía publicada en el Diario de Monterrey, a inicios de diciembre de 2002, donde se mostraba al entonces gobernador de Nuevo León, Fernando de Jesús Canales Clariond junto a Edelio López Falcón, El Yeyo, representante del cartel de Sinaloa en Monterrey. Después de una investigación de meses, Osorno encontró una prueba de la libertad con la que los narcotraficantes andaban entre los círculos del poder. A raíz de esto, en la procuraduría de Nuevo León dejaron entrever que Osorno corría riesgo en México.

Casi 15 años han pesado desde ese diciembre. Osorno está de nuevo en Madrid, ahora siguiendo las pistas de un poeta perdido. En tres lustros el reportero ha publicado sus crónicas y reportajes en más de diez libros, así como en medios como Gatopardo, Letras Libres, Vice, Reforma, Proceso, Eldiario.es y GQ.

La curiosidad, esa vena necesaria en el cuerpo de cualquier periodista, lo llevó a incursionar en los terrenos de la imagen y los sonidos para estructurar también su mismo discurso: el reportero se hizo documentalista. Próximamente verá a la luz su película El valiente ve la muerte solo una vez, sobre Alejo Garza Tamez, un hombre que defendió su rancho, contra un comando armado en Tamaulipas, cerca de la frontera con Texas. Con este trabajo, Osorno ha dirigido y escrito ya más de nueve documentales.

Diego Osorno capturando en una foto la estatua de Agustín Lara

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El jueves 19 de octubre Osorno participó en el Vancouvers Writers Festival, en un panel llamado Freeman’s New Voices, celebrado a propósito de una lista de 29 escritores de menos de 40 años, publicada en la segunda entrega de la revista Freeman’s: The Future of New Writing, en la cual los mexicanos Diego Osorno y Valeria Luiselli, fueron reconocidos como parte de los “más de 25 poetas, ensayistas, novelistas y escritores de relatos de alrededor del mundo, que están moldeando la conversación literaria y continuarán influyéndola en los días por venir”, de acuerdo con dicha publicación realizada por John Freeman, editor fundador de la revista Granta.

—La crónica le habla a la gente, busca que la gente común acceda a un tema o a una historia a través de elementos más humanos, yo prefiero eso, siento que tiene más utilidad en un país como el nuestro… bueno, no sé si tenga más utilidad, pero por lo menos yo siento que cuando escribes bien una crónica la gente la puede leer, puede reflexionar, pueda elaborar un pensamiento crítico y propio de lo que está pasando. No se trata solamente de informar, sino de hacer sentir y reflexionar.

Explica Osorno al inicio de una charla en movimiento realizada entre las calles y plazas del centro de Madrid. Los caminos que recorre este periodista mexicano suelen ser contrastantes: sus botas lo llevaron por las calles de Oaxaca, con libreta y lapicero en mano, a cubrir una insurrección popular en 2006. Algunos consideran que la crisis oaxaqueña asemejó a la capital del estado con la comuna de París, donde el regiomontano fue testigo de la represión al pueblo oaxaqueño en manos de los escuadrones de la muerte de Ulises Ruiz, el entonces gobernador. Allí recogió el material para su primer libro publicado en 2007 Oaxaca sitiada: La primera insurrección del Siglo XXI.

En 2011 recorrerá Estados Unidos de costa a costa acompañando a la Caravana por la Paz encabezada por el poeta Javier Sicilia. La crónica del viaje fue publicada en 2014 en su libro Contra Estados Unidos. En sus páginas se leen las charlas con el poeta que perdió a su hijo, los testimonios de los familiares de niños, hombres y mujeres, asesinados y desaparecidos en la guerra contra el narcotráfico recrudecida por Felipe Calderón. Son pequeños momentos que encapsulan pistas para entender las causas y consecuencias de la masacre librada en tierras mexicanas.

            En 2013 Osorno recibió el Premio Nacional de Periodismo por el perfil El escritor que no se volvió cobarde ni caníbal, sobre el escritor Juan Villoro. Las incursiones para documentar la narrativa desde el poder han sido publicadas en perfiles sobre Gael García, Calle 13 y Mauricio Fernández Garza. En uno de sus trabajos más ambiciosos siguió durante largo tiempo a Carlos Slim, el empresario mexicano cuya riqueza lo sitúa en los primeros lugares de la lista Forbes, para en 2015 publicar Slim: Biografía política del mexicano más rico del mundo.

Así, Osorno sigue el ideal de Kapuscinski, el reportero polaco que regía su trabajo bajo el lema “dar voz a los otros, a quienes no la tienen”, y a su vez, sitúa frente a las cámaras a los empresarios, políticos e intelectuales, para conocer qué piensa sobre el poder. Los diálogos de esta naturaleza han quedado registrados en los documentales El Alcalde, El poder de la silla, y el más reciente La muñeca tetona.

            Pero retrocedamos cinco años antes del primer libro publicado: Osorno camina por el barrio Atocha, bajo la mirada de policías merodeando sus pasos, y hombres que se acercan a pedirle cigarros en serbio. Anécdotas cómicas, días que transcurren leyendo a Kapuscinski en una tienda departamental, en los alrededores de La Puerta del Sol, porque los euros que tenía en la bolsa escaseaban, días de un curso de información y guerra en la Universidad Complutense; experiencias atesoradas en la escuela que fue Madrid.

            Ahora, en octubre de 2017 Osorno camina por la calle de la Princesa, poco antes de llegar a Plaza España. Le he preguntado cual ciudad prefiere, si Madrid o Barcelona. Los días que rodean nuestro encuentro, España se ha visto sumida en una lucha por el reconocimiento de las nacionalidades proyectadas en colores.

—Madrid porque viví aquí y es más entrañable. Aunque sé que Barcelona es más sofisticada, más cosmopolita y tiene el mar cerca. Imagínate que la primera ciudad en la que viví después de Monterrey fue Madrid. Obviamente me encariñé con este lugar. He vivido en Monterrey, Madrid, DF, Oaxaca, San Cristóbal de las Casas, Nueva York y ahora en Sonora. Unas ciudades pueden ser más bonitas que otras, pero esas son mis ciudades. Después de Madrid, fue bien loco porque yo regresé al DF y Madrid entonces me pareció un pueblo comparado con DF. O sea, Madrid es bien chiquito, mientras que el DF es enorme.

Otra cosa que me marca mucho es que el primer país que visité fuera de México fue Cuba. A los 17 años fui a la Casa de las Américas invitado a presentar una revista que hacíamos en la universidad.

Lo primero que hizo Osorno al llegar un jueves de octubre a Madrid, fue sentarse en una cafetería a leer y escribir, como en las mañanas del 2002, cuando desde una esquina veía como la gente entraba de prisa por café o churros, con el tiempo apurando sus talones.

—Como que el ocio te hace pensar de nuevo cosas interesantes, bueno también muchas tonterías, pero de repente algunas cosas interesantes ¿no?

Lo dice en una de las mesas del restaurante Apolo, a un extremo de la plaza Tirso de Molina. Viste en monocromo: botas cafés ajadas por el uso, pantalones color vino, camisa marrón con un ancho bolsillo a la altura del corazón, en donde se asomaba la tapa negra de un lapicero y guarda una libreta de reportero. Se ha dejado crecer una melena, la barba oscura y gris rodea su mentón de 37 años.

Es domingo de tianguis en las plazas de Lavapies, el barrio “libertario” de Madrid como lo llama Diego. Al medo día, en los tenderetes sobre las plazas hay literatura de izquierda, o reproducciones de cuadros como el Guernica de Picasso; arte y política en un parque que usualmente es un mercado de flores. También vi más banderas republicanas -de franja roja, amarilla y morada- en toda mi estancia en Madrid.

Antes de sentarnos en las mesas del Apolo le pregunté por qué sus investigaciones oscilan como un péndulo. Por qué le gusta buscar voces que cuenten diferentes ángulos de las historias.

            —Porque quiero ver todo el panorama y porque siento que no está suficientemente documentado el poder. La mayor parte de mis historias son de movimientos sociales, de víctimas, de gente que lucha por cambiar el país, pero desde Slim no quise quedarme con una sola mirada.

En el documental más reciente La muñeca tetona, codirigido con Alexandro Aldrete, Diego Osorno sienta frente a las cámaras a un expresidente e intelectuales para que narren las anécdotas alrededor de una fotografía. La idea surgió cuando hace cerca de seis años vio una foto en Twitter que retrata a personalidades del círculo de poder mexicano rodeando a Carlos Salinas de Gortari, diez meses antes de las elecciones presidenciales del 88.

—Es una crítica a los intelectuales: como se vuelven también un problema porque están tan ligados al poder que entonces justifican o repiten las dinámicas del poder, pero sobre todo quería entender la foto, o sea contextualizar la foto y la muñeca es un pretexto para hacerlo más entretenido, para hacerlo más irónico, más lúdico. Cuando mires el documental ya sabrás qué significa la muñeca, además tiene todo un sentido con el resto de la historia, que eso fue de chiripa, eso realmente no me lo esperaba.

—En el poder de la silla fueron cuatro ex gobernadores que sentaste al frente de la cámara ¿Fue fácil encontrarlos, que accedieran? —le pregunto. Sentados en una de las mesas afuera del restaurante, con un par de cervezas sobre la mesa.

—No, porque desconfían. Uno de ellos sobre todo me odiaba o me odia, pero reconocía el criterio con el que yo trabajaba. Les mandé los diálogos de Platón y les explicaba lo que quería, no quería chismes, sino que elaboraran un recuerdo de su experiencia de gobernar y lo compartieran.

Madrid 2003. Osorno espera el elevador en el lobby del hotel Palace. En su trabajo en la estación Top Radio, le asignaron ser el guía de Armando Manzanero durante el concierto que dará en la ciudad. El cantautor de boleros lo espera en uno de los pisos superiores. Las puertas del elevador se abren. Dentro Marilyn Manson aguarda que el elevador ascienda. El reportero entra y sube unos cuantos pisos junto al rockero. Cuando alcanza el piso donde lo espera el músico de la Mérida de México, allí está este esperando a Osorno. Escenas improbables.

            Los diez meses en la capital española, el regiomontano trabajó en Top Radio, una estación ligada a Milenio, medio para el que Osorno llevaba dos años trabajando. Además de acompañar a Armando Manzanero y asistir en su concierto en Madrid, el reportero redactaba la columna cultural Freak Escribe. No le pregunté si la extraña coincidencia del hotel Palace llegó a las letras, aunque sí escribió sobre Lavapies y la estatua perdida de Agustín Lara, -que hoy encontrará al lado de una iglesia bombardeada en la guerra civil- sobre la pamplonada, la luna de Valencia, un viaje en carretera hacia Portugal o el barrio Pigalle, la zona roja de París.

—Eran cosas absurdas, pero tenía mis lectores. Es curioso, dos de mis lectores eran psiquiatras, estaban fascinados con mis textos, me mandaban comentarios por internet. Creo que me veían como un paciente potencial.

***

—De México acá compran mucho a Rulfo. Bolaño también, ¿Bolaño es mexicano? Porque acá lo conocen como mexicano.

Dice un vendedor de libros peruano, bajito, con gafas, de cabello lacio y dientes grandes. Su librería, ubicada en Lavapies, aunque pequeña, esconde títulos raros y baratos por los que vale la pena arrodillarse y buscar entre los estantes como hará Osorno la próxima hora.

—No, es chileno, pero vivió en México y escribe sobre México casi todo— responde el periodista.

Para Osorno, la literatura de Bolaño es como una universidad. En la escuela de Bolaño, Osorno trabaja en uno de los temas clásicos: buscar a un poeta perdido. El escenario combina ciudades alrededor del mundo. El aliento de Bolaño en su escritura ha marcado su forma de hacer periodismo.

—Más allá de lo pop que suene Bolaño y de que esté de moda y tal pues sí que eso es siempre es un poco pesado, pero en los hechos él reivindica un discurso de ruptura que me encanta, hace un ajuste de cuentas también con la propia izquierda, plantea la necesidad de asomarse a ver la humanidad de los villanos en su obra. El periodismo infrarrealista es pues un poco un intento de homenajear y reconocerle a él como el gran guía, el mesías, es el único mesías que puedo considerar por ahora en la literatura actual. Además, es una postura que me gusta porque Bolaño reivindicó toda una serie de autores y de personajes y de lugares marginados que ahora han tenido como un nuevo papel, una reivindicación. Un periodista es alguien que de alguna forma también hace cosas para fastidiar. Y sé que a mucha gente le fastidia que busque a un poeta que la mayoría da por muerto en el sentido literal y metáforico del término.

Las palabras las dijo mientras bebíamos las cervezas en la mesa del Apolo, una hora antes de internarse en la pequeña librería y encontrar al librero aficionado a las matemáticas que confundió la nacionalidad de Bolaño.

Diego saldrá de la librería con once libros, a gusto de haber encontrado una copia de Caballos desbocados, novela del Yukio Mishima. Del japonés también lleva Confesiones de una máscara, y el libro de ensayos El sol y el acero. Ha comprado dos libros sobre la insurrección zapatista, ensayos de Umberto Eco, un libro de poesías de San Juan de la Cruz, una novela de un autor que no conoce, pero el título lo tienta a adentrarse en sus páginas: También las vaqueras sienten melancolía.

 

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