Cazar entre las aguas: Los camaroneros de Campeche

Salma Abo Harp
March 27, 2018

Las trombas marinas, naufragios y robos en el mar son algunos de los peligros que enfrentan los pescadores ribereños del sureste de México. Segunda entrega del reportaje Cazar entre las aguas.

Lee la primera entrega en la siguiente liga: Cazar entre las aguas: Los náufragos de San Pedro

Fotografía y texto: Salma Abo Harp

Ese día Miguel le pareció “el ahogado más hermoso del mundo”. El título del cuento de García Márquez vino a mi cabeza cuando don Goyo me describió el cadáver de su hijo, al verlo con su overol naranja y su cuerpo intacto, luego de 49 horas de búsqueda, de ir y venir entre hospitales y morgues desde Ciudad del Carmen, Campeche hasta Frontera, Tabasco. “Los otros que se hallaron estaban en parte despedazados, los brazos quebrados, y él estaba intacto, su cabello completito, a esos otros ya se les había caído el cabello” dice don Goyo.

Miguel fue el quinto y último cadáver recuperado entre los pescadores de la península de Atasta el jueves 21 de abril de 2016. El mediodía del martes 19 de abril vientos de 80 kilómetros por hora, un fuerte oleaje y tormentas eléctricas oscurecieron las costas de Campeche. Árboles, espectaculares, fallas en el servicio eléctrico y el cierre de una escuela del turno vespertino fue el saldo, en tierra, del paso de la turbonada por estos pueblos pesqueros; en el mar cerca de 20 embarcaciones ribereñas y 40 tripulantes se hundieron. Cinco hombres no regresaron con vida.

“La gente se sorprendió aquella vez. Ya habían pasado desgracias, pero esa fue excepcional”, recuerda un albañil en el panteón de Nuevo Progreso, un pueblo con forma de buque ubicado en los límites de Campeche con Tabasco. El hombre me mostró la tumba de Miguel, ¿Cómo olvidarla? él también es pescador. Me dice que sus compañeros quedaron marcados ese 19 de abril, ahora son más precavidos cuando salen al mar. La tumba de Miguel, rectangular y con cuatro pilares que sostienen un techo, no está pintada y es color gris debido al color del cemento. Una rústica cruz de madera indica “Falleció el S.R. Miguel Antonio Jiménez Cupil el 19 de abril de 2016 a los 31 años. D.E.P”.

En México, entre el 2010 y el 20 de abril de 2016 desaparecieron 108 pescadores, 122 perdieron la vida y 2 mil 101 fueron rescatados vivos. Hasta el 20 de abril de 2016, 88 fueron rescatados con vida, nueve sin vida y cuatro desaparecieron de acuerdo con el presidente de la Comisión de Marina del Congreso de la Unión. Para esa fecha, en la península de Atasta, la Secretaría de Marina (Semar) y Protección Civil del estado de Campeche realizaban operaciones de búsqueda y rescate, con el fin de rescatar con vida a los pescadores hundidos por la turbonada.

Don Goyo me pregunta cómo encontré su casa en Nuevo Progreso. Es el 17 de abril de 2017. Le contesto que, en el panteón, frente a la tumba de Miguel, un albañil me indicó cómo llegar. Los padres del pescador fallecido hace 363 días se sorprenden, quizá, por mi atrevimiento. “¿No viste que atrás de la tumba alguien escribió Miguelón?” pregunta don Goyo. Le confieso que no presté atención, pero así me entero de que, como en todo poblado mexicano, el apodo es el nombre de pila. Estos días buscando pescadores, aprendí tarde que para una búsqueda eficaz, la persona es el apodo, al preguntar con el nombre y apellido tenía pocas probabilidades de encontrarla.

Los Jimenez Cupil son una familia de pescadores camaroneros miembros de una cooperativa pesquera. Don Goyo y doña Lucelli, son los padres de cuatro hombres y una mujer. Todos sus hijos varones se dedican a la pesca, aunque Heber es el único que permanece en tierra administrando el negocio. El día en que Miguel zarpó, también lo hicieron dos de sus hermanos, Rigoberto y Luis Manuel, pero él partió en una embarcación aparte, iba con otro tripulante que fue encontrado con vida en las costas alrededor de las 3 de la mañana.

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“Muy posiblemente el tornado del 19 de abril tuvo una clasificación entre F0 y F1, en la escala Fujita Mejorada”, escribe en un correo electrónico el Doctor Gregorio Posada Vanegas, profesor investigador de la Universidad Autónoma de Campeche (UACAM). La escala Fujita Mejorada es usada para catalogar la fuerza de los tornados según los daños que provocan. De acuerdo con las clasificaciones F0 y F1, los vientos de ese día fueron de entre 105 a 178 kilómetros por hora, causando daños leves o daños moderados, respectivamente, aunque en el mar “suelen ser peligrosos”.

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Impresiones de una turbonada. El testimonio es de una mujer atendiendo su tienda en Nuevo Progreso:

—Yo en 30 años no había visto nada de eso. No es lo mismo un huracán a una tromba de esas. Fue como a las 11 o 12 del día, supongamos que está como hoy y de pronto se empezó a nublar y venían las nubes y la lluvia de la parte de Atasta haca el puerto, porque en Carmen no pegó realmente como acá, el caso es que al coche lo sacudía. No hay como te pares porque los coches no ven nada, ni luz ni nada, se oscureció, como si fuera prácticamente entrando la tarde.

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“Es una turbonadita, ya va a pasar”, respondió Miguel, confiado, a sus dos hermanos, cuando lo llamaron por celular al ver el día oscurecerse, la tormenta eléctrica y al sentir la lluvia arreciar; sin embargo, ellos no esperaron, cortaron los cabos de las redes porque veían que desde el oeste se acercaba la turbonada. El fuerte oleaje elevaba la embarcación en el mar, causando que los dos hombres ascendieran por los aires para volver a caer y golpearse con la lancha mientras huían de la tromba. Ambos lograron llegar a la costa, cerca de San Pedro, Centla, en Tabasco.

Dice Heber que ese día el mar se confundía con lo que minutos antes era la playa. Los familiares de pescadores, los reporteros, y protección civil arribaron a las costas de la península de Atasta. “Era una lloradera de mujeres”, me dice alguien en la casa de los Cupil.

—Yo le dije a la gente del gobierno, que por qué lo buscaban las patrullas aquí cerca de la orilla cuando lo debían buscar afuera hasta donde las lanchas no podían ir. Como era este viento del sureste lo que soplaba, lo abrió hacia afuera, y lo hallaron exageradamente lejos, de hecho a él lo halló un avión, si no ha sido eso no lo hubiésemos encontrado, hubiese recalado en las costas de Veracruz. A él lo hallaron en la zona de plataformas.

Doña Lucelli supo que Miguel había muerto. No se lo dijeron sus hijos o su esposo. Lo sintió cuando vio a las mujeres que empezaron a barrer la casa y acomodaron la sala, notó así que preparaban lo necesario para los servicios del cuerpo. La matriarca de los Cupil es una mujer pequeña, de piel morena y ojos dulces. Llegué preguntando si en los próximos días habría alguna especie de recepción por el año de la muerte de su hijo. Ella, amable, me explica.

—Nosotros los cristianos ya no profesamos esas cosas, hacemos simplemente los servicios cuando está el cuerpo presente. Como dice su palabra los que creemos en Jesucristo, estamos en el mundo más no somos del mundo, y si en un tiempo estuvimos en eso, pues no conocíamos de la palabra de Dios. Lo dice en segunda de Corintios 5:16, porque simplemente nosotros lo recordamos. Créame que no me siento nada bien todavía con la ausencia de mi hijo, mi señor me fortalece y al cabo que pasen los años mientras Dios me de vida, esas heridas van a ir sanando, poco a poco. Yo lo recuerdo en mi corazón.

Miguel Antonio había recibido en 2016 su cédula profesional por sus estudios en Ingeniería Mecánica. Sus padres narran que la costumbre de vivir gracias al mar hizo que el salario que recibía por trabajar en las plataformas de Campeche lo invirtiera en una lancha y aparejos de pesca. Semanas antes de la turbonada Miguel había sido despedido, fue de los miles que se quedaron sin trabajo a causa de la crisis petrolera.

Los piratas de Campeche.

Los piratas de Campeche usan armas cortas y largas, se cubren el rostro con pasa montañas o aprovechan la oscuridad para atacar; navegan en embarcaciones de 10. 5 metros de eslora, y aterrorizan a los pescadores del Golfo de Campeche a quienes en quince minutos los despojan de motores de entre 70 a 200 mil pesos, de la gasolina y sus aparejos de pesca en medio del mar. Desde San Pedro, Centla, hasta la frontera entre Campeche y Yucatán se les ha visto rondar por las noches. Los pescadores, temerosos, apagan sus luces en la madrugada con el fin de burlar a los piratas; grave error, a causa de esto los barcos no se percatan de su presencia hundiendo las lanchas pesqueras.

Patón, un pescador tabasqueño cuenta la noche que fue despojado del motor de su embarcación. Estamos en los muelles de San Pedro, Centla.

—Fue como a la 1 de la mañana para amanecer el primero de marzo. Vi la lancha que se venía aconchando y le grité ¡que pasa compa!; ¡compa ni que su chingadamadre!, —le respondieron— cuando me dijo eso intenté bajar el motor, pero me dejaron ir el primer plomazo. Dije ¿para qué arriesgar la vida?

Patón trató de reconocer a los cinco hombres que lo asaltaban a 15 millas de la Barra de San Pedro. En el primer intento recibió patadas, en el segundo un balazo que se alojó en la proa. El pescador y sus tripulantes aguardaron casi media hora, amenazados, a que los piratas desmontaran el motor Yamaha 85.

Luego del atraco, Patón se comunicó por radio con el dueño de la bodega a la que pertenecía la lancha -de suerte que los piratas no notaron el radio-, para que les dieran auxilio. Según el pescador, ese día en total cinco embarcaciones fueron asaltadas.

—¿Levantó alguna denuncia?

—Fuimos a Frontera y ¿sabe qué cosa nos dijeron?, que teníamos que llevar testigos, ¿a dónde vamos a buscar testigos en el mar? — ironiza riéndose.

Hoy me propuse hacer una especie de piratatour. Encontrar a pescadores víctimas de los piratas. Algunos testimonios recabados dicen que esto empezó a inicios de 2016, antes lo más que se robaban eran aparejos de pesca. Ahora los piratas incluso empujan las embarcaciones que los pescadores emplazan en la playa de la península de Atasta, de esa forma han robado una embarcación.

Otra parada del piratatour la hice justo frente a los muelles donde entrevisté a Patón, esta vez en Nuevo Campechito, el primer poblado del municipio del Carmen, que se encuentra justo después del puente que divide a Campeche de Tabasco.

—La otra vez nos ganaron tres, y después nos volvieron a ganar tres. Lo dejan correr una semana, un mes, y ahí lo vuelven a ganar.

Esto lo dice La gusana. Lo encontré una tarde de mayo descansando en una hamaca, en la bodega de una cooperativa pesquera. De sus motores el pescador no tiene noticias.

—La segunda vez que pasó los ganaron ahí por la plataforma Usumacinta, nos quitaron tres, a otras tres lanchas lo mismo, y nada. Ahora estamos ya más pendientes, ya la gente duerme sin luz, pero tienes que estas más abusado por los barcos.

“En 2016 se presentaron 62 denuncias y en 2017 llevamos 19, lo que hace un total de 81 denuncias” informó el Secretario de Pesca de Campeche en una nota publicada en noticiarios Televisa el 9 de junio de 2017. Después se lee una declaración del Fiscal General de Campeche: “Se están dando resultados, lo que queremos es que la gente se acerque para ver si esos motores son los que están relacionados con sus denuncias y los puedan recuperar”.

Siguiendo la carretera 180, luego de dejar atrás Nuevo Campechito, se extiende la Península de Atasta. En sus playas es fácil ver a las embarcaciones ribereñas con las que se pescan escamas o camarones. Aquí charlo con un pescador que vivió hace un mes el robo del motor a su lancha.

—Íbamos tres hombres. Estábamos a unas cinco brazas, como por ahí de la media noche o una de la mañana, nos llegaron unos encapuchados con pistola en mano y gritaron ¡Bájense!, agarraron a un chavo, lo maniaron y lo cruzaron a otra lancha, se llevaron el motor. Fueron dos lanchas. Iban cuatro o cinco personas en cada lancha.

Cuenta el pescador que los piratas los cruzaron a una de las lanchas en las que se desplazaban, vendaron sus ojos y en 15 minutos terminaron el atraco. Después les dieron instrucciones para que los pescadores regresaran a la embarcación -ahora sin motor-. Minutos después otros compañeros pescadores notaron el atraco, auxiliándolos.

—Ahorita ya casi no salen a pescar en la noche, tienen miedo.

—¿Cuantos casos conoce?

— Pues han pasado como unos 10 o 15 casos, ahora estuvieron seguido. La rasa agarró miedo, por eso no sale en la noche.

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