Cazar entre las aguas: Los náufragos de San Pedro

Salma Abo Harp
February 28, 2018

En el último rincón de Tabasco, ahí donde la frontera con Campeche es un hilillo de tierra que termina devorado por el mar, hay un pueblo donde el hambre nunca falta, los pescadores sobran, el alcohol es la compañía de muchos de ellos, y los náufragos son cosa de todos los días. Algunos regresan a casa tras días o semanas perdidos. Otros no.  Primera parte de un reportaje de dos entregas.

Texto y fotos: Salma Abo Harp

Tlaliscoya

Ha naufragado tres veces en el mar del Golfo de México. Su nombre es Leonardo Molina Prieto, esto poco importa, en San Pedro, Centla, todos lo llaman Tlaliscoya, porque nació hace 71 años en Tlalixcoyan, un municipio en el centro de Veracruz. A los 17 partió de su hogar para cazar entre las aguas, es pescador desde hace 54 años. Primero pescó en barcos de arrastre en las aguas de Veracruz. Dejó esas aguas para viajar al sureste en un tráiler con su patrón, un alvaradeño, y otros siete a Tabasco, “porque allí había mucho robalo”, decían entonces, así que prefirió las aguas de la sonda de Campeche a los dólares de Estados Unidos, por allá del 77.

Tlaliscoya no tiene hijos, vive solo en una bodega de pintura azul desgastada, frente a los muelles en la Barra de San Pedro. Los años encorvaron su espalda y lesionaron un tobillo. Sus músculos lucen firmes en el cuerpo flaco, de color marrón, que todavía se ejercita con las demandas físicas de la pesca. Huelo en su aliento un poco de alcohol, mientras relata sus tres naufragios. Del primero recuerda que la lancha se hundió en la popa, pero se mantuvo a flote, gracias al poco peso del motor. Durante ocho horas los náufragos de San Pedro se agarraron de la proa, antes de ser rescatados.

El segundo naufragio de Tlaliscoya sucedió el 15 de junio del 2015. La tarde anterior, él y su patrón Juan, salieron a pescar. Pasada la media noche los dos pescadores “estaban en chinga” recogiendo la red para volverla a tirar; por esto no notaron que el tapón de la lancha se había salido: doscientos kilos de pesca, y una trifulca provocando fuertes marejadas, hundieron la popa. La lancha “Dora Alicia” se fue a pique. En el agua, Tlaliscoya flotó sosteniéndose a la red que no se hundía a causa del corcho. Sin despegarse de la lancha, le dijo a Juan que allí se quedaría hasta el amanecer; el patrón decidió nadar a una plataforma petrolera que divisaban en la noche nublada.

Cuando no tuvo nada más en qué apoyarse, comenzó a nadar hacia la plataforma, ahora distante. El secreto para no cansarse -explica el pescador- es nadar poco a poco, de a perrito, deteniéndote, “si te pones a nadar y nadar y nadar la corriente te lleva”. Luego de dos horas, los reflectores de un barco iluminaron la noche. Gracias a Juan, el auxilio llegó. “No demoré ni un mes para salir al mar, a las dos semanas estaba de nuevo pescando”.

Entre abril y mayo de 2017 visité La Barra de San Pedro, en Centla, una comunidad de pescadores ubicada a 81 kilómetros de Villahermosa. Es el último pedazo de tierra de Tabasco antes del estado vecino, nombrado como el río San Pedro y San Pablo, afluente del Grijalva, y que lo divide de Campeche. El pueblo de 556 habitantes se asemeja a una L; en su extremo más largo se levantan las casas de madera o concreto, con manglares como patio trasero; en el extremo corto, corre perpendicular el río frente a las bodegas de los permisionarios y los muelles, antes de desembocar en el Golfo de México. Por la única calle del pueblo entran y salen las camionetas Ford, Chevrolet, e incluso una Hummer, de los permisionarios, ellos manejan el negocio de la pesca, como un dueño de taxis que le cobra la gasolina al chofer, sin olvidar cobrarle la mitad del dinero obtenido en la jornada.

Antes de la construcción del puente de la carretera federal 180 que conecta a ambos estados, del pueblo salía una panga para cruzar el río. A inicios de la década de los 80s, pescadores veracruzanos llegaron a San Pedro, Tlaliscoya entre ellos, dice él que entonces solo existía una pequeña bodega, se pescaba el robalo a no más de cinco brazas y el camarón siete barbas en barcos de arrastre, hoy prohibidos por los daños a los fondos marinos.

En mi primera visita, a las 10 de la mañana, en los muelles y las nueve bodegas pesqueras se escuchaba el ajetreo de los pescadores preparando sus lanchas, “son los últimos días para trabajar antes de jueves santo”, explican tres hombres, tomando caguamas afuera de una bodega. Regresarán a tierra hasta el miércoles.

Los pescadores ribereños del Golfo de Campeche se juegan la vida al salir al mar. Su oficio ha cobrado 26 vidas entre el 19 de julio de 2015 y el 6 de mayo de 2017, de acuerdo con notas periodísticas de Tabasco, Campeche y Yucatán; solo 11 cuerpos recalaron en las costas y tuvieron la sepultura que dio paz a las familias, sin embargo 15 hombres continúan desaparecidos, cuatro partieron de la barra de San Pedro: La ñeca, el chelo, la vaca y don Alfonso. Ninguno ha sido encontrado.

***

 La tarde del lunes 4 de julio de 2016 Tlaliscoya y René de los Santos Notario la vaca zarparon de la Barra de San Pedro en la lancha Dorismar a pescar robalo. Habituados a pasar jornadas de pesca de dos, tres, cuatro, cinco días en alta mar esta sería otra más en su calendario. El tiempo en el mar depende del volumen de pescados capturados, el cual debe ser el suficiente para cubrir los litros de gasolina que alimentan el motor, el hielo usado para preservar el pescado, el pago al permisionario, -dueño de la lancha-, quien divide el total capturado entre él y los tripulantes. Si la pesca es menos de lo invertido, la deuda es de los pescadores. Es así hasta capturar lo necesario para saldarla.

Después de dos horas de viaje, tendieron redes a 31 millas de San Pedro. A las 11 de la noche los pescadores se durmieron. La vaca, en la popa, arriba de unos tablones, Tlaliscoya en la proa, y sobre ellos una trifulca provocaba lluvias y marejadas. Mientras ambos descansaban, el agua causó que el tapón se saliera y poco a poco la lancha Dorismar se llenó con agua. Los pescadores despertaron al sentir el agua en la lancha que se iba a pique. Los esfuerzos por evitar que Dorismar se hundiera fueron insuficientes. En 15 minutos la embarcación se hizo una con el mar.

—Como a los 10, 15 minutos ya no me contestó, cuando logré quitarme el pantalón, con las puras uñas iba arremangando el doblez del pantalón para no sumergirme. Vas tragando agua y te va llevando como una piedra, vas tragando pura agua de sal… te va disminuyendo por segundos.

Narra Tlaliscoya. Ese es el último recuerdo de la vaca. Horas después, cuando amanecía, el pescador vio un tanque de gasolina flotando en el agua.

—Agarré el tanque ese pues ya fui reposando un poco más pero como traía un poco de gasolina me fue chingando la cara, se me fue nublando la vista.

Así quedó el viejo de 70 años flotando en el mar, agarrado al tanque de gasolina y vestido solo con ropa interior. Pasaron cerca de siete horas hasta que divisó “un bulto negro en el horizonte”. Sin poder gritar, Tlaliscoya alzó una mano con la esperanza de que alguien lo viera. “El jefe de jefes”, estaba de su lado: En la embarcación el supervisor creyó ver algo en el mar, avisó al capitán quien con unos binoculares constató que un hombre en el agua flotaba. Era medio día, y el tercer rescate de Tlaliscoya.

—¿Qué sintió cuando lo rescataron?
—Sentí la vida.

La vaca

René de los Santos Notario heredó el apodo de su padre, la vaca. La madrugada del martes 5 de julio de 2016, Tlaliscoya fue la última persona que lo vio con vida, cuando se hundían a 31 millas de la Barra de San Pedro. Tenía 35 años, un matrimonio de 14 años con Fabiola Camacho y cuatro hijos.

—Nosotros nos casamos aquí mismo en el pueblo y como mi papá nos prestó una casita, nos venimos a vivir ahí mientras hacíamos la de nosotros.

Dice Fabiola Camacho. Ahora los pesos que necesita para mantener a cuatro niños, los gana en una tienda hecha de tablones azules y techo de lámina de zinc, la primera al costado derecho de la entrada a San Pedro, en el lote donde ella y René planeaban construir su casa. Con los 10 mil pesos que le dio el dueño de la lancha cuando la vaca se perdió en el mar, surtió la tienda de tres metros cuadrados y compró un refrigerador en donde guarda refrescos.

Fabiola lleva el cabello corto y teñido de rubio rojizo, las uñas pintadas azul. Regaña a sus hijos si interrumpen la charla de los mayores. Ella y la vaca se conocieron de niños en el ejido La Estrella. Fabiola tenía tres años cuando su familia se mudó a San Pedro, y 17 cuando se casó con René, de 21 años, quien era pescador desde los 14, como el papá de Fabiola, El güero Camacho. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Jesús Alexander, Darwin Lorenzo, Edwin René y Cristopher Kevin.

Nueve días buscó la armada de Ciudad del Carmen a René. Para ellos Fabiola solo expresa agradecimiento, no expresa lo mismo hacia la armada de Frontera o a la Secretaria de Gobierno de Tabasco, según ella, las promesas de mandar un helicóptero en  búsqueda de su esposo nunca se cumplieron.

—Hasta que lo reporté en el periódico, fue que ellos dizque mandaron a los botes de la armada a buscarlo pero como el día 9 de julio.

Es abril de 2017, el cuerpo de René sigue perdido en el Golfo de Campeche. Fabiola evita usar palabras que sugieran que su esposo falleció. A los seis meses la familia llevó una corona al mar para honrar su memoria.

—No es lo mismo tener una tumba donde le vas a llorar a la persona, o donde vas a decir que van a ir tus hijos y van a ver que ahí quedó, pues no.

Se lamenta, aunque todavía mantiene las esperanzas, nutridas por una anécdota de un pescador que pasó tres años perdido, todo ese tiempo -dice Fabiola-, estuvo detenido en una cárcel de Cuba.

Ni siquiera se ha expedido el acta de defunción de René.

—Fui al ministerio público y me dijeron que eso iba a ser un proceso largo porque mi esposo nada más estaba en calidad de desaparecido, y que tendría que pasar un año para que a él lo pudieran dar definitivamente por fallecido.

En las fotografías que conserva de su esposo, se ve a un hombre rollizo, de piel clara, un poco rojiza por el sol, vestido con camisa blanca, pantalón de mezclilla y botas color café. Sus tres hijos mayores son una copia de René, en versiones más pequeñas: Jesús Alexander, de 12 años, es flaco y larguirucho; Darwin Lorenzo, de seis es el rechoncho, Edwin René tiene cinco años y  Cristopher Kevin, cuatro.

—Nosotros pensamos que lo íbamos a ver el día siguiente, y pues ya ha pasado tanto tiempo. Estuviéramos más resignados si hubiese aparecido su cuerpo.

La Tercera Región Naval comprende la Sonda de Campeche. Las zonas navales adscritas a esta región se ubican en Frontera, Tabasco; en Ciudad del Carmen, y Campeche, Campeche. En esta región del Golfo de México se han rescatado 47 cadáveres de 2006 a junio de 2016, la cifra más alta entre las tres regiones navales situadas a lo largo del Golfo de México, de acuerdo con datos de la Secretaria de Marina obtenidos a través de solicitudes de información.

El güero Camacho

“¿Tú valoras tu vida en 20 mil pesos?” se queja el güero Camacho, con una voz ronca, apenas audible, pues hace cinco años le abrieron la tráquea para salvarlo de una neumonía fulminante.

—Al menos con mi yerno, como no apareció el cuerpo, le dieron a mi hija 10 mil pesos y ya. En eso valoraron su vida. Así ha pasado aquí, con los compañeros, te encuentren o no te encuentren, 15 mil, 20 mil pesos ahí está y listo. ¿Y el que deja cuatro o cinco chamacos crees que se va a mantener con 20 mil pesos?

Estamos en el porche de su casa de madera, que se levanta medio metro sobre las orillas del río Grijalva. Me he sentado en una silla, frente a Jesús del Carmen Camacho, quien descansa en el extremo izquierdo de un sofá restaurado con trapos de diversos colores; se han reciclado telas rojas, blancas, negras, de flores naranjas con fondo verde agua, para tapizar el sofá. Las paredes del porche son de lámina de zinc, y a nuestra izquierda se ven los manglares y más agua.

El güero Camacho utiliza una cánula para respirar desde que sobrevivió a la neumonía fulminante que lo tuvo en estado de coma durante dos meses. Por eso no pudo salir a buscar a la vaca los días posteriores a su desaparición.

—No me puedo mojar, asolear, no me puede caer el agua lluvia, si me cae me vuelve a dar la pulmonía, si me asoleo se me encona esto, se me inflama. Es un mal de rico.

Dice el pescador retirado de 55 años, porque cada dos años y medio debe juntar 18 mil pesos para cambiar la cánula. En la charla, hay ocasiones donde el güero Camacho debe repetir las palabras por culpa de mi mal oído, a veces la esposa interviene gritando desde la cocina, explicando términos o completando las palabras que no logro percibir de su esposo. Se llama María Reyes, es toda una mujer del sur, de las que parecen regañar cuando hablan, pero después de mucha charla caes en cuenta que así es el tono de su voz, la forma de expresarse, fuerte, decidida, con los pies bien plantados sobre la tierra.

Los Camacho llegaron a San Pedro hace unos 30 años, cuando su hija mayor, Fabiola, tenía tres años, y con un bebé de dos meses. Aquí el güero Camacho siguió cazando en las aguas. “Hasta el sol de hoy”, no ha tenido accidentes, porque es un pescador precavido, que siempre supo respetar el mar, cuenta que no dormía al pescar, como hacen otros, procuraba cargar no más del máximo peso posible en la lancha: una tonelada.

—Si nos agarra la marejada, la lancha no alza, o sea no tenemos conciencia. Siempre tenemos que tener conciencia… es mejor dejar botada la pesca a que entregues tu vida.

¿Cuántas vidas se han entregado al mar desde que el güero Camacho vive en San Pedro? El pescador recuerda los nombres o apodos de algunos compañeros: el finado Chepamica, con José May; el finado quico y jueche; el finado papaya con su tripulante; coyota con el mochito; el finado cabeza y su tripulante; y su yerno, René. Las últimas vidas perdidas en el Golfo de Campeche, zarparon la mañana del jueves 4 de mayo, de un muelle en Ciudad del Carmen. Por la tarde los sorprendió el mal tiempo. Los familiares avisaron a la armada y partieron en la búsqueda de los tres pescadores. El domingo hablé por teléfono con el padre de Frederick, de 21 años, uno de los tres hombres desaparecidos. Con voz triste me contó los hechos. Hasta ese día, solo uno había sido encontrado: el cuerpo del hombre de 52 años estaba amarrado al pico de la lancha. Los cuerpos de su hermano y su hijo serían encontrados al siguiente día, en las costas de la península de Atasta.

—¿Por qué se amarró?

—Porque ya te sientes perdido, te amarras para que al menos tu cuerpo lo encuentren; o cuando estás en peligro, ya sientes la muerte y te aseguras de que tu cuerpo lo encuentren.

Le viene a la memoria una tragedia de hace 24 años. De San Pedro salió Manuel Flores, con sus hijastros, dos chicos que crió como hijos suyos. Se cargaron de pescado y la lancha no soportó el peso, se fue a pique. Los hijastros se ahogaron. Manuel Flores rescató los cadáveres amarrándolos, llevaba uno a cada costado.

Los pescadores de San Pedro y la costa de Campeche, dicen que las plataformas petroleras de la Sonda de Campeche causan la poca pesca en la orilla.

—¿Qué empezó a hacer que el pescador permanezca más tiempo en el mar?

—Pemex. Empezaron a alejar a los pescadores más afuera.

El güero Camacho arguye que las operaciones en las plataformas petroleras para extraer el crudo causan que el pescado se aleje, así los pescadores se adentran cada vez más al mar, extendiendo sus jornadas de pesca. Pemex se defiende, argumenta que el área de exclusión impuesta desde 2003, la cual prohíbe a los pescadores acercarse a las plataformas para evitar posibles ataques terroristas, permite que los peces se reproduzcan en esas zonas.
En 2016 un reportero me explicó que el alto número de decesos entre los naufragios de lanchas ribereñas, son causa de los casi nulos equipos de seguridad en estas lanchas. Le digo esto al güero Camacho; él y su esposa concuerdan: No hay salvavidas, luces de bengala, botiquín de primeros auxilios. Si el pescador se queja de esto ante el permisionario, otro estará listo para suplir su puesto. Pescadores sobran, el hambre nunca les falta, el alcohol es la compañía de muchos en este pueblo de hombres que se reemplazan como herramientas.

Publicado originalmente en Liberación Tabasco

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