Una batalla de banderas: 1-O en Barcelona

Salma Abo Harp
January 25, 2018

La Generalitat, órgano de gobierno de Cataluña, convocó el pasado 6 de septiembre a la consulta por la independencia Catalana. Los ecos republicanos de antaño se materializarán este 1 de octubre de 2017. El gobierno español ha respondido con oídos sordos al dialogo y con mano de hierro al referéndum. Esta es la crónica de la votación del 1-O.

Texto y fotos de Salma Abo Harp

A las siete y media de la mañana Barcelona está oscura y lluviosa. Quizá el clima es el presagio del ambiente que envolverá a la jornada del referéndum por votarse este domingo 1 de octubre de 2017. Frente a la estación de autobuses Nord, cientos de catalanes se resguardan debajo de paraguas esperando que sean las nueve de la mañana, hora de apertura de la escuela Fort Pienc, uno de los más de 2 mil 315 colegios electorales donde votarán el referéndum suspendido por el Tribunal Constitucional.

Hay personas ocupando los colegios electorales desde el viernes pasado. El objetivo es mantenerlos abiertos a lo largo de la jornada de hoy, para que la presencia de aquellos a favor del voto evite que la Policía Nacional y la Guardia Civil incauten las urnas o cierren las escuelas. Juan, de 65 años, arquitecto jubilado, dice afuera del Colegio Fort Pienc, que la intención es contar con las personas suficientes para evitar que las fuerzas del gobierno central “puedan secuestrar la posibilidad de votar”.

Juan es originario de Vich, la capital Osona, una comarca ubicada a unos 74 kilómetros al norte de Barcelona. Ayer regresó de un viaje a Nueva York y hoy está aquí esperando la apertura del Colegio Electoral. No es la primera vez que el pueblo catalán vota por continuar en España o proclamar la república catalana. El antecedente más próximo ocurrió el 9 de noviembre de 2014, llamado esa vez “proceso de participación ciudadana”, cuando se les realizó a los catalanes dos preguntas: ¿Quiere que Cataluña sea un Estado? Y en caso afirmativo ¿independiente?, 80% de los 2 millones 300 mil votantes (33%) de los convocados votó por el Sí. Una de las diferencias entre el 9-N y 1-0 es que ahora todo se reduce a una pregunta “¿Quiere que Cataluña sea un estado independiente en forma de república?”: Sí o No.

El miércoles 6 de septiembre el Parlamento de Cataluña aprobó la Ley Referéndum, así como los decretos firmados para realizar la consulta de autodeterminación de este domingo 1 de octubre. El día siguiente -jueves 7 de septiembre- el Pleno del Tribunal Constitucional suspendió dicha Ley y decretos, precisando a los alcaldes de Cataluña y a 77 funcionarios que debían abstenerse de “iniciar, tramitar, informar o dictar, en el ámbito de sus respectivas competencias, acuerdo o actuación alguna que permita la preparación y/o la celebración del referéndum”.

Sobra decir que la Generalitat y los 2.2 millones de catalanes que emitieron su voto al final de la consulta del 1-O no acataron la resolución del Tribunal Constitucional (TC). Esta mañana, en las calles la desobediencia civil se arremolina en los Colegios Electorales. Juan opina: “la complejidad de las leyes hace que muchas veces no se sepa dónde estamos”. Piensa que el espíritu de quienes votarán hoy no se traduce en las leyes del gobierno central.

Charo Gibanel opina lo contrario. La uróloga nacida en Lérida, ciudad ubicada al oeste de Barcelona hace 48 años dice al teléfono que creía que los Mozos de Escuadra, la policía autonómica de Cataluña, cumplirían la orden del Tribunal Constitucional. “Empecé a vivir eso [el referéndum] el viernes convencida de que los Mozos cumplirían con la Ley. Mi sorpresa es que el colegio frente a mi casa estaba abierto. Llamé al 112 para dar aviso, a las dos horas no vino nadie. El sábado hablé dos veces, incluso con la Guardia Civil”, narra, ellos le dijeron que la responsabilidad era de los Mozos. A las cinco de la tarde Charo llamó directamente a una comisaría, el agente al teléfono le dijo que “no pensaban desalojar a nadie”. Su voz denota indignación, acorde con el TC, califica a la consulta del 1-O como ilegal y carente de transparencia.

Entre sus padres, su hermana y esposo ninguno se considera independentista. Charo, madre de dos hijos, expresa que el 1-O “es un golpe de Estado, una agonía. Es el mismo delito contra la democracia, de sedición, espero que demostremos ser un país con una democracia bastante madura”. Lo que acontece este primer domingo de octubre, es “jugar a votar” de acuerdo con la uróloga, esto lo dirá una semana después. Hoy al finalizar la jornada, según datos de la Generalitat, los votos sumarán una participación del 42.34%, unos 2.2 millones de los más de 5 millones 340 mil catalanes convocados para la votación, dando la victoria al Sí, con poco más de 90%.

 A las 8:30 de la mañana las personas que acudieron a votar a la escuela Fort Pienc comienzan a formarse, la fila rodea la escuela extendiéndose unos 100 metros hacia la calle de Ribes para luego doblar a la derecha a la calle de Sardenya, los votantes a poco a poco siguen llegando para sumarse a la hilera. En un café localizado a un costado de la escuela, me entero de que el Govern ha autorizado que los ciudadanos convocados a votar puedan hacerlo en cualquier colegio electoral. Las reglas se flexibilizan.

Las imágenes en el noticiario matutino muestran a los Mozos hablando con personas en los accesos a los colegios electorales, se adivina que la policía catalana los insta a desalojar las instalaciones, ante la negativa de quienes quieren votar, se retiran a las aceras circundantes. Las siguientes imágenes muestran ahora a los antidisturbios, el cuerpo de la Policía Nacional, encargado, en la práctica, de someter por la fuerza las situaciones de alteración ciudadana. Los granaderos españoles bloquean la entrada del Colegio Ramón Llull, rodeados de personas gritando ¡Votarem!

En diez minutos recorro las cuatro cuadras que me separan del Ramón Llull. Desde unos 30 metros, antes de llegar, alcanzo a ver las furgonetas de la Policía Nacional con sus torretas encendidas. Alguien me dice que los antidisturbios arribaron media hora antes, ahora bloquean la entrada para acceder al colegio. Cientos de voces reclaman con la consigna: “¡Els carrers seran sempre nostres!”, ‘las calles serán siempre nuestras’, el lema se ha coreado durante las manifestaciones que precedieron al 1-O, contra las medidas adoptadas por el gobierno central para frenar la consulta de hoy: la guardia civil realizó cateos en almacenes de Barcelona, en total requisó poco más de 12 millones de papeletas, 45 mil certificados de notificación cerrados dispuestos para enviarse a los ciudadanos convocados por la Generalitat para formar mesas electorales, así como octavillas, dípticos y propaganda electoral. Los críticos de esta medida califican de fascista el despliegue y acciones policiacas para impedir el 1-O.

9:18 de la mañana. La lluvia que cae es fina y en momentos se precipita rápida frente al colegio Ramón Llull. Ahora ha amainado. La gente saca papeletas blancas levantándolas sobre sus cabezas en dirección a los antidisturbios. Reporteros se suben a contenedores de basura, o a los toldos de los automóviles para grabar a los catalanes que demandan votar. Un helicóptero volando bajo agrega tensión con el ruido de sus hélices. Pasa una vez sobre la calle del Consell de Cent, las y los catalanes lo reciben con un ¡Votarem! alzando aún más sus papeletas.

Pasa una segunda vez repitiendo el trayecto de hace unos momentos, la gente responde con consignas; pasa una tercera vez, será la última. Más policías antidisturbios arriban desde la calle de Sardenya, en el extremo izquierdo de la entrada trasera al colegio. Son recibidos con gritos y chiflidos. Los policías se aglomeran en una valla de metal y concreto frente a la escuela. Se escuchan más chiflidos, más catalanes gritando ¡Queremos votar!, más reporteros grabando a los hombres de uniforme negro, cascos, escudos transparentes y rifles de balas de goma. La lluvia regresa, fina y fuerte y los antidisturbios comienzan a saltarse la valla.

Uno, dos tres… más de una decena de fuerzas españolas se ayuda de los pinos verdes detrás de la verja del colegio para ingresar al edificio Ramón Llull. Sigue lloviendo, las fuerzas del gobierno central tienen como objetivo entrar al ala derecha del edificio en donde las mesas electorales se han colocado. Muchos hombres que no soportan ver la maniobra de los antidisturbios saltan la valla para intentar llegar a la puerta café que es lo único que separa a las fuerzas del estado de las mesas electorales. Algunos son interceptados por los uniformados. Otros llegan a la puerta, sumándose a quienes habían cerrado los portones del colegio cuando vieron la llegada de los antidisturbios, como forma de resguardar las urnas.

Esta escena se repite a la misma hora en diferentes colegios electorales de Cataluña. La gente decidida a defender su voto, su democracia, usa el cuerpo como escudo. Se sientan frente a los accesos de los colegios electorales como bloqueo a los hombres de uniforme oscuro. En el Ramón Llull, por ahora, lo más fuerte son los golpes con mazos a la puerta color café con vidrios que se escuchan desde la calle. En otros colegios electorales habrá golpes a hombres, mujeres, abuelas y abuelos.

     ***

“Los catalanes se han saltado las leyes”, dice el abuelo retirado frente al Colegio Ramón Llull entre la Calle del Consejo de Ciento y Sardenya, cerca de las 10 de la mañana bajo el cielo cubierto de nubes con lluvia. Los policías antidisturbios se han ido con las urnas. Al retirarse en sus furgonetas azules, hombres y mujeres los esperaron sentados en una esquina de la calle de Sardenya para bloquearles el paso, como respuesta, recibieron golpes con cachiporras y balas de goma. Aquí el saldo fue de una persona herida en un ojo por una bala de goma, un abuelo que en la huida cayó golpeándose la cabeza, un chico con el torso descubierto exhibiendo a los reporteros su espalda y brazos magullados por los golpes. El saldo de las cargas policiales es de 893 heridos de acuerdo con la Generalitat y 431 policías y guardias civiles según el Ministerio del Interior.

El abuelo, que vive en Barcelona desde hace 40 años considera al referéndum como ilegal, y piensa que la gente que apoya su realización ha sido manipulada por sus dirigentes. Lamenta ver a los jóvenes clamando la independencia repetir “España nos roba” -refiere que en las aulas catalanas se borra el castellano y se lavan los cerebros-. Atraído por las torretas encendidas de las furgonetas de la Policía Nacional, como vigía, observa los sucesos afuera del colegio. Si está aquí en esta mañana lluviosa es sólo para ver con sus propios ojos el jaleo de la votación, a las personas apostadas en los alrededores del Ramón Llull gritando ¡Votarem!, a los cerca de treinta policías antidisturbios que el gobierno español ha enviado a este colegio para requisar las urnas.

“Los catalanes se han saltado las leyes”, repite, justo como vi a la Policía Nacional saltarse las vallas del Ramón Llull para incautar las urnas y boletas que estaban en el ala derecha del colegio, rompiendo con mazos la puerta café de cristales. Dentro quedan una decena de personas, observadores internacionales que han visto el despliegue de fuerzas policiacas, reporteros y camarógrafos entrevistando a miembros de las mesas electorales.

Alguien dice que lograron salvar una urna. Los reporteros lo instan a sacarla. La urna de plástico casi transparente, de cubierta negra, con un escudo negro y blanco de Cataluña impreso sobre uno de sus lados, sale de su escondite y la posan arriba de una mesa. Una mujer con ojos vidriosos dice que antes de la irrupción de los antidisturbios, ha sido la única urna resguardada. Las demás fueron incautadas por policías que las han arrancado de las manos de los miembros de las mesas electorales. A lo mucho una veintena de votos se pudieron salvar.

En el patio del colegio, un catalán nacido en la década de los 40 me dice “solo es cuestión de tiempo”, y se lleva el dedo índice a los labios en señal de silencio… Detrás de él se encuentra la puerta café vejada por los antidisturbios. En el colegio Ramón Llull estudió en su infancia, este también era el colegio electoral en donde votaría el referéndum. En la charla dice que después de este agravio de España a Cataluña, nada será igual. Veo que los mazos de la policía nacional reventaron los cristales de la puerta café, regados por el suelo como la dignidad de este catalán. Gente camina a nuestra izquierda hacia la puerta vejada, tomando fotografías como si fuera otras de las miles de atracciones en Barcelona. Le digo que pose para la foto, acepta entre risas, dice que su cabello blanco es un desastre, luego se despide dándome una palmada al hombro. El cielo sigue gris en esta mañana catalana.

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En 1939 Domingo Vilalta Sentís, presidente de las juventudes de Esquerra Republicana en el distrito del Eixample, en Barcelona, huyó a Francia gracias a la ayuda de su hermana. A los 31 años el exilio era la vida; la muerte lo esperaba en el castillo de Montjuic en la forma de balas franquistas, las mismas que fusilaron a Lluis Companys líder de Esquerra, el partido republicano e independentista catalán y presidente de la Generalitat durante 10 meses entre 1933 y 1934.

 Al llegar a Francia, Domingo fue internado en un campo de concentración. Un año después se embarcó junto a su primera esposa hacia América. La primera parada de los exiliados españoles fue en Argentina, pero la pareja decidió continuar hasta México, donde desembarcaron en el puerto de Veracruz. Cerca de 20 mil exiliados españoles fueron recibidos “con los brazos abiertos” por el gobierno de Lázaro Cárdenas, de los cuales un 20% eran catalanes. Domingo vivirá en el país del águila y la serpiente durante 30 años, tendrá dos hijas, una de las cuales se encuentra frente a mí contándome su historia, explicándome que si cree en el referéndum, en la independencia de Cataluña, es para honrar el legado de su padre.

“Queremos independizarnos de España porque la mayoría respetamos a los españoles, pero no nos sentimos españoles”, dice Teresa Vilalta Solorzano a sus 57 años. La enfermera es bajita, de rasgos mexicanos y un fuerte acento catalán. Es fruto del segundo matrimonio de su padre con María Solorzano Velázquez, una mexicana proveniente de Tenango del Aire, un pueblo localizado en las faldas del Popocatépetl, en el Estado de México.

 Teresa acaba de votar acompañada de su hija Marina. Es alrededor de la una de la tarde, detrás de ellas se encuentra el colegio Sagrado Corazón de Jesús y arriba el eterno helicóptero de la policía, un vigilante incómodo. Quienes sean los agentes que vuelan por los aires de Barcelona, podrán ver que en este colegio las personas siguen llegando a formarse en la hilera de votantes, rodeando la mitad de la manzana.

La enfermera me narra que ella y su hermana nacieron en la Ciudad de México y vivieron en la colonia del Valle hasta que su madre murió, a la edad de 27 años. Domingo, viudo y con dos hijas, se encontró solo, por ello, muy a su pesar, decidió regresar a Cataluña en 1965. A su regreso a Barcelona Teresa Vilalta acogió a su hermano y a sus dos pequeñas sobrinas. La tía Teresa pasó dos años escondida en los áticos del barrio de Gracia al finalizar la guerra huyendo de las fuerzas franquistas porque era parte de la Generalitat.

“Cuando la dejaron de buscar entonces ya pudo volver a su casa. Esto pues siempre lo he vivido yo desde pequeña y ahora vemos aquí que tenemos una represión tal por parte del gobierno español, no se puede permitir. Nos quitan todos los derechos humanos que una persona normal viviendo en un país como este no tiene que perder, no puede perder sus derechos al voto, a la democracia, a votar, a ser libre”.

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“En la vida he visto tanta bandera como ahora, ni en el fútbol

Mujer al frente del volante, carretera Madrid-Salamanca.

En España y Cataluña estos días se ha dado una batalla de símbolos, de lenguas y banderas. Si durante la mañana y la tarde del 1-O solo se podían ver a las esteladas catalanas, esas banderas amarillas con cuatro franjas escarlatas, de estrellas blancas o rojas colgando de los edificios, a las 8 de la noche, además de los gritos y los cantos de victoria resonando en las puertas de los colegios electorales, se sacaron las banderas para atarlas a la espalda y las cacerolas retictictineaban en las calles de Barcelona golpeadas por los que votaron Sí. Los que se sintieron ganadores.

Escuché la cacerolada en mi camino hacia Plaza de Cataluña, allí vi el mar de banderas catalanas, cerca de las nueve de la noche debajo de un cielo oscuro sin rastros de lluvia, los siguientes días el sol resplandecerá fuerte en Barcelona.

Las cacerolas de los catalanes-españoles que quieren continuar en España, que no acudieron al 1-O a votar, ya que consideran este referéndum un juego, resonarán en una semana. El domingo 8 de octubre, las rojigualdas españolas saldrán de los cajones y roperos, se descolgarán de algunos balcones. De blanco irán quienes entienden que no quieren tomar parte en esta guerra de símbolos rojos y amarillos, los que apelan al diálogo que la Generalitat ha pedido al gobierno central.

Texto publicado originalmente en Liberación Tabasco

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