Llueve sobre mojado

Salma Abo Harp
April 7, 2017

Foto: Animal Político
Foto: Animal Político

Cuando los dos agentes de migración tocaron a su puerta, Juan Eudes Mijangos Pérez se vestía para ir a trabajar. Eran las seis de la mañana en septiembre de 2016 en Columbia, Carolina del Sur. Así temprano, de repente, las dos décadas lejos de Tabasco, se le acabaron. Él pensaba regresar, pero no así, sin tiempo de preparar el viaje. Juan tiene cuarenta años y dejó la mitad de su vida en Estados Unidos. 

Los hombres afuera de su casa vestidos con chalecos antibalas y la pregunta ¿Tú te llamas Juan Eudes Mijangos Pérez? Le indicaron al tabasqueño que eran agentes de migración. Les enseñó su pasaporte, una matrícula consular y ellos le dijeron el motivo de su arresto: un cargo del 2008 por manejar bajo influencia del alcohol. Juan protestó, su multa ya la había pagado, según él, no tenía pendientes con la ley. No importó. “Honestamente, tu delito es ser ilegal”, le dijeron.

Un mes y medio estuvo Juan en un Centro de Detención para Inmigrantes en Georgia. Compartió la estancia con mexicanos, centroamericanos, africanos y europeos, entre todos eran como 80 inmigrantes. Se rindió a pelear por su caso al ver que compañeros con esposas e hijos lo perdían. Ante el juez renunció a sus derechos. El 27 de octubre de 2016, a las seis de la tarde, ingresó a México, en Reynosa, Tamaulipas, dos horas después, lo secuestraron. Juan cuenta que se aburrió de esperar un autobús en la oficina de migración, él y otros cinco decidieron dirigirse a la central de autobuses, pero tras caminar tres cuadras, cinco vehículos les cerraron el paso.

—Entre ellos dos taxis —dice Juan—Nos amenazaron que si con permiso de quien estábamos ahí. Nosotros les dijimos que nos habían deportado y que solo estábamos de paso y queríamos llegar a la central de autobuses, y pues ellos groseramente y violentamente nos amenazaron que si cooperábamos no nos iba a suceder nada pero que, si tratábamos de pasarnos, que ahí nos íbamos a quedar. Entonces uno de ellos trató de huir, no corrió ni una cuadra y lo traían a golpes y pues todos nos alteramos porque honestamente después de 14 años cuando yo vine la última vez no había tanta violencia y nos dijeron “si alguien más lo quiere intentar nosotros no vamos a andar jugando, más vale que cooperen y se porten bien y no va a pasar nada”.

Los cinco captores — de los cuales tres eran menores de edad, de acuerdo con Juan— los metieron a los taxis. Afuera de un OXXO siguieron extorsionándolos. Minutos antes tres mexicanos que acompañaban a Juan fueron separados del grupo, luego le pidieron a él y a los otros dos 500 pesos para los taxis y un depósito de 3 mil pesos en menos de 15 minutos para pagar derecho de piso. Debían apurarse porque la tarifa subiría por cada minuto de retraso. Juan llamó al teléfono de su primo, le explicó la situación, en el tiempo ordenado por sus captores el primo depositó la cifra. Solo dos de los tres pagaron. Así es el México que esa tarde lo recibía, en donde por tres mil pesos te pueden salvar el pellejo.

—Nos traían así vueltas y vueltas en la ciudad y en una de esas nos dejaron en una gasolinera y nos dijeron, “allá está la central camionera, agarren para allá y no salgan de ahí. Si ustedes vuelven a salir y alguien los agarra ya es otro rollo, nosotros no podremos hacer nada por ustedes” y sí, cruzamos a la central de autobuses y ahí dormí toda la noche, porque mi autobús salió al siguiente día a las 7 am. Afortunadamente a nosotros dos, a los que liberaron, no nos pasó nada. Al otro chavo que supuestamente le depositaron pero que no pudo cobrar no sé qué haya pasado con él. No lo volvimos a ver.

El viaje en autobús duró 30 horas. A finales de octubre de 2016, alrededor de las 2 de la tarde, tras 14 años lejos —estuvo tres meses en 2002 de visita— Juan regresó a Villahermosa. En dos décadas viviendo lejos de Tabasco, Juan se encuentra con el estado líder nacional en desempleo y con una ciudad en la cual sus habitantes se sienten los más inseguros del país. Un Tabasco en el que ni las reses pastan seguras, el robo de ganado también coloca al estado en primer lugar. “Nos ha llovido sobre mojado”, dijo en noviembre el gobernador Arturo Núñez. Usando su metáfora, Juan ha regresado y no para de llover.

La voz de Juan se escucha sin ganas, con suspiros que preceden las respuestas a algunas preguntas. Uff… Su trabajo instalando tabla roca por 17 dólares la hora, su casa de Columbia, la camioneta negra Yukon del 2004 que vendió hace poco para traer sus herramientas de trabajo -explica que acá en Tabasco las más accesibles no se comparan en calidad-. La voz de Juan se escucha en una oficina de gobierno de paredes blancas, con escritorio café cubierto de documentos. Sobre una silla negra se ha sentado Juan, con su cuerpo macizo, piel rojiza, barba de candado, cabello a rape, mirada tristee

El 28 de febrero el gobierno federal destinó un millón 768 mil 368 pesos del Fondo de Apoyo a Migrantes para 75 tabasqueños repatriados. Juan recibió 23 mil 578 pesos, según mis cálculos es una cifra que en Estados Unidos obtenía en semana y media de trabajo. Dice que el apoyo federal lo usará para traer sus herramientas para seguir con sus 15 años de experiencia en tabla roca.

—El último año o año y medio yo estaba ganando 17 dólares la hora. Yo trabajaba 10 horas diarias, o sea eran 170 dólares por día. Después de 40 horas se me pagaba tiempo y medio. Estamos hablando de 17 más 8.50, como 26 dólares la hora. Y en esos trabajos yo trabajaba sábados y domingos.

—¿La diferencia entre salarios como le pega?

—Uffff… Honestamente es deprimente, porque, aquí yo he intentado buscar trabajos y lo más que me dan son mil 300, mil 400 a la semana por espacio de 10 horas en el sol. Yo sé y estoy consciente que no puedo ganar el mismo salario que en Estados Unidos, pero estoy tratando de buscar un salario pues que me alcance para cubrir mis gastos básicos porque honestamente con 200 pesos que uno gane… es lo que me ofrecían a mí, no alcanza para lo básico. Entre pasaje se van como 40 pesos al día.

Al tercer día de trabajo en una construcción cerca de Tabasco 2000, Juan tiró la toalla. La jornada de siete de la mañana a cinco de la tarde por 200 pesos diarios le hicieron declinar. Por estos salarios que apenas alcanzan para vivir cruzó Juan a Estados Unidos en el 97, por Matamoros, Tamaulipas hasta Austin, Texas. Luego se fue al este. En Carolina del Sur encontró empleo en una planta procesadora de pollos cobrando un salario de 7 dólares la hora durante dos años. Cambió los 7 dólares por los 9 que le ofrecieron en la construcción. Los migrantes en Estados Unidos también se mueven dentro del territorio norteamericano persiguiendo los billetes verdes, los salarios de 14, 15 dólares, según Juan. Era inicios de siglo. En 2002 visitó Tabasco, tras una estancia de tres meses regresó a Estados Unidos.

— Ahora que regresa a Tabasco, ¿qué le preocupa?

—Pues yo creo que como a cualquier persona, la inseguridad, el desempleo, faltas de oportunidades.

—¿Cree que hay alguna diferencia entre la primera vez que se fue en el 97 y ahora, 20 años después?

—La ciudad ha crecido mucho, pues creo que la economía sigue igual o peor tal vez que cuando yo me fui. Porque si recuerdo que cuando yo me fui en el 97, las personas no sé, tenían casas grandes o tenían espacios en sus terrenos para cualquier evento y ahora veo que están las casas pegadas unas tras otras. En pocas palabras como que está sobre poblado y es mucha diferencia a como yo dejé Tabasco a como lo encuentro ahora.

Juan se ha ido. Ahora la silla la ocupa un señor más vivaracho, de igual complexión que Juan, pero con más cabello, seis años más grande, de bigote entrecano a lo Mario Bros, destaca un lunar como frijolito sobre el costado derecho de su nariz. Su nombre es Ángel Baldemar Aguilar de la Cruz. En 14 años construyó en Estados Unidos tantas casas de madera que no se acuerda del total. Le pido que le ponga un número, una cifra a sus construcciones, incluso un aproximado. Se ríe, es imposible. A cambio me da un dato, dice ser uno de los cinco maestros fremiadores que construyó en 2006 una casa en Carolina del Norte con un valor de más de 20 millones de dólares. Según él, pertenecía al dueño mundial de la Coca Cola.

Tuve problemas al escribir el oficio de Ángel cuando me dijo “Soy maestro fremiador”, supuse que la palabra se deriva de frame, que en inglés significa marco.

Frame se le llama al esqueleto de la casa, porque allá la materia prima es madera —aclara Ángel— yo iba carpintero de aquí, nomás que como se me facilitaron las medidas y todo desarrollé más allá el campo de la carpintería, de hecho, tuve que aprender las medidas básicas de allá, todo. Ya aquí ya vine y me hago bolas, porque traigo la mente de allá. Pulgadas, pies, 16s, octavos… aquí a veces se me van las medidas y tengo que volver, regresarlas a mi medida de pulgadas.

Ángel Baldemar tenía 30 años cuando emigró de Jalapa hacia Estados Unidos en octubre de 2001. Con la secundaria terminada, carpintero de oficio, vendió sus herramientas por 3 mil pesos y tomó un autobús al norte, motivado por un espíritu aventurero y las remesas que otros jalapeños enviaban a sus familias. En Matamoros, Tamaulipas, trabajó tres meses para reunir 500 dólares de cuota y pagárselos al coyote, quien una media noche llevó a Ángel al rio Bravo para cruzar la frontera y recibir su bautizo como mojado. En Brownsville, Texas, reunió mil 500 dólares durante seis meses, era la cuota si quería pasar la “quinilla” y vivir lejos del valle, alejado de la migra.

Cuando Ángel no estaba remodelando o construyendo casas en donde cobraba de 15 a 20 dólares la hora, iba a las esquinas para conseguir trabajos de 10 dólares por hora. Dice que no era seguro, porque a veces los policías corrían a los inmigrantes o hacían redadas. Ahora, viene la pregunta que más provoca suspiros.

—¿La diferencia de salarios como le pega eso a usted?

—Híjole, ahí es donde merma las ganas y el espíritu de uno, aquí no hay de eso. Aquí lo que puede uno aspirar son a 200, 300 pesos si muy bien le va.

Ángel fue repatriado en 2015. Lo agarraron a las diez de la noche cuando intentaba pasar la “quinilla” escondido con otros tres inmigrantes en la cajuela de un carro. Un perro fue el delator de los hombres acomodados como sardinas. Dos días después ya estaba en México y se regresó a Tabasco.

—Como envié unas máquinas de carpintería, son las que estoy trabajando. Hace años que las envié. Me ayudan a solventar. Allá la economía es más fluyente, con lo de una semana se compra una herramienta y le sobra dinero o se compra unos tennis de marca. Aquí para comprarse unos tennis de marca tienes que ahorrar muchos meses para comprar unos. En una semana me compraba unos buenos tennis de 200 dólares. Allá dejé muchas herramientas perdidas. Aquí uno ve las marcas, para nosotros es diferente y son muy comerciales y son bien caras. Las de aquí son caras, nada más que la economía no apremia, no hay mucho trabajo.

Ángel piensa emigrar a Cancún pronto. Según sus amigos, allá hay trabajo en la construcción de hoteles y en la instalación de tabla roca, además pagan un mejor salario. El mojado de Jalapa, no quiere seguirse empapando con la lluvia de Tabasco.

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