El éxodo a través de la selva

Salma Abo Harp
March 8, 2017

 

A mediados de febrero de 2017, Salma Abo Harp visitó Palenque, Chiapas, en donde entrevistó a migrantes hondureños que utilizan la ruta de la selva para ingresar a territorio mexicano. Sus testimonios dan cuenta de que las deportaciones en la administración de Barack Obama y el discurso proteccionista y antinmigrante de Donald J. Trump, no disuaden los intentos de los migrantes para alcanzar el sueño americano. El éxodo centroamericano continúa.

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La carretera avanza entre campos verdes, parcelas de maíz y retazos de selva. Los cerros enmarcan el paisaje de medio día en Palenque, Chiapas, el estado con más personas en situación de pobreza de México. Este estado sureño también comparte 965 kilómetros de frontera con Guatemala, y es un lugar de paso para los miles de migrantes centroamericanos que se internan en la ruta de la selva durante días para tomar el tren en la estación de Palenque. El sur de México es su penúltimo paso hacia el norte.

Es un domingo de febrero. Acompaño un par de kilómetros a Wilmer, un hondureño flaco de 23 años con orejas grandes. Al caminar, lo mejor es andar en el asfalto, sobre la orilla, porque si lo intentas por el costado, las pequeñas zanjas y la maleza dificultan la marcha. Es una hora pasada las 12, en algún punto de la carretera que conecta Palenque con Chancalá. En siete horas será de noche y el verde se hará negro. Esto solo lo supongo. No me quedaré a averiguarlo. Pero Wilmer y el grupo de seis que lo acompaña lo tienen presente en cada paso que apuran para llegar a su destino.

En la carretera, el chico con la H de Honduras tatuada en el brazo izquierdo, me dice que en su país natal le pagaban 50 lempiras por cada volqueta que llenaba con arena. Es la cuarta vez que viaja al norte porque en los estados podrá ganar en una hora de trabajo el equivalente a una buena jornada “jalando arena en volqueta de rio”, o sea diez dólares, poco más de 250 lempiras. Somos cuatro mexicanos caminando cerca de una hora junto al grupo donde el más grande no pasa los 24 años. Les hemos pedido que nos cuenten los motivos de su éxodo. Bajo el sol de invierno y el aire fresco soplando el camino, el frio inicial entre personas que nunca se han visto se ha tornado más templado. La lengua de Wilmer se suelta ante mis preguntas.

—¿Cuántas veces has hecho la ruta al norte?

—Cuatro. La primera pasé de 16.

—¿Es usual que empiecen tan jóvenes? —Esta pregunta la lanzo a él y a su primo, Alexis, un gordito de 16 años con el que salió de Cedros, un pueblo de calles empedradas y casas con tejas café, de casi cinco siglos de viejo, ubicado en el departamento San Francisco Comayua, al centro del Honduras. Dice Alexis que camina por primera vez hacia el norte junto a Wilmer y Yeremy, el mayor entre los tres primos de Cedros. 

—Mire ella de cuánto va —dice el gordito, dirigiendo la mirada hacia la pequeña de cuatro años que viaja junto a su madre en este grupo de siete—, y hay algunos que vienen en proceso todavía— añade mientras ríe.

—Atrás vienen unos morros de 12 años. Son tres. —agrega Wilmer.

—¿Y vienen solos?

—Solos, sí.

Wilmer es el mayor y único hombre de tres hijos, estudió hasta séptimo grado. Le faltaron dos para terminar el último ciclo de nivel básico. Dice que se va a trabajar a los estados. Hace cuatro meses hizo su tercer intento para cruzar la frontera norte. Con cuatro galones de agua y una mochila llena de comida cruzó el desierto; le tomó seis días llegar a Phoenix, Arizona. La gloria de sobrevivir a un desierto que ha matado de hipotermia, deshidratación y golpes de calor el sueño de miles de migrantes mexicanos y centroamericanos la sintió menos de una hora.

—Ya que llegué, estábamos en un montecito, nomás esperando el carro que nos iba a ir a traer, y como estábamos como a media hora de la mera ciudad de Phoenix, Arizona, nos cayó el helicóptero. Éramos ocho, con el guía éramos nueve, un bato de aquí de México. Lo agarraron también a él. Todos torcimos ese día.

Una nota de El País con fecha del 28 de junio de 2015 dice que, desde inicios de siglo, una media de 170 cuerpos han sido recuperados cada año en el desierto de Arizona, el lugar más peligroso para entrar a Estados Unidos sin documentos, según la Patrulla Fronteriza. Hasta junio de 2015, en Arizona, la morgue de Tucson ha logrado identificar el 65 por ciento de los 2 mil 330 cuerpos de migrantes recuperados desde 2001, para finales de 2014 existían 800 cuerpos sin identificar.

—¿Te hubiera gustado seguir estudiando?

—No. El pedo es que en Honduras estudia uno, se gradúa y todo, pero para nada. Para andar en la calle porque no hay chamba. Es mejor sacar un oficio. En Honduras sale mejor sacar un oficio que estudiar porque con un oficio, uno de volada agarra algo, como le digo, un oficio de electricidad, mecánica, algo así. Vale más que estudiar y graduarse, nooombre no sirve para nada. 

—¿Cuántos quedaron en tu pueblo?

—Ahorita son pocos los que han quedado. Todos andamos acá. Ahorita acá adelante van como unos cuatro o más que nos están esperando. De ahí mismo del pueblo donde nosotros, namas quedaron como unos 10 morros, morrillos, así como este cuate— dice en referencia al gordito.     

—¿Será que ellos se animen en un futuro?

—Sí ahorita sí, vienen atrás de nosotros. Ahorita Honduras se está quedando pobre, porque no hay trabajo, no hay dinero, dinero hay, pero no hay trabajo.

—¿Políticos?

—Todo se lo roban ellos, el presidente todo se lo roban. Ellos son los que se hacen ricos y uno pobre. Yo por eso no le doy el voto a ningún bato de Honduras.

—¿Nunca has votado?

—Nunca. Ni votaré. Mejor me corto el dedo antes de ir a votar por alguien. Ta cabrón.

—¿En tu zona hay maras? Pregunta alguien.

—No gracias a dios no. Ahí en la zona de donde soy nada más somos puros mojados. Así le dicen a uno pues, mojado. No nos mojamos, pero ahí vamos.

Ahí van los siete migrantes hondureños cruzando México, en un éxodo que inició en la década de los 80s, resultado de diferentes causas, todas interconectadas, que siguen provocando el desplazamiento forzado de los habitantes del Triángulo del Norte de Centroamérica. El guerrillero y político salvadoreño, Joaquín Villalobos, escribió el 1 de septiembre de 2014 “en un poco más de medio siglo los centroamericanos han sufrido 12 golpes de Estado, una revolución, cuatro guerras, un genocidio, una invasión estadunidense, 18 huracanes y tormentas tropicales y ocho terremotos. A los 320 mil muertos por las guerras de los ochenta, se han sumado en los últimos 14 años más de 180 mil homicidios por la delincuencia”.

La investigadora Amarela Varela Huerta retomó el concepto Necropolítica, de Achille Mbembe, para explicar a las sociedades centroamericanas: “Si echamos un vistazo a la vida cotidiana de quienes sobreviven en Centroamérica a la violencia gestionada por el Estado, —publicó la profesora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en noviembre de 2015—descubriremos que la migración de centroamericanos es forzada y que los niños, adolescentes y jóvenes que se fugan de este escenario son supervivientes que se movieron del lugar de muertos-en-vida que el capitalismo les asignó para buscar en la migración el derecho a la vida vivible”.

Centroamérica posee la tasa más alta de asesinatos en América Latina, su índice de homicidios es de 35.4 por cada 100 mil habitantes, al compararlo con el promedio para toda América Latina, región con 20 asesinatos por cada 100 mil habitantes, se entiende una de las causas de la fuga de centroamericanos hacia los países del norte. Estos siete cuerpos en fuga de entre cuatro y 24 de años, tienen otro rasgo en común —además del destino y la nacionalidad—: la corta edad con la que empezaron su éxodo. La investigadora de la UACM, propone que la causa de la migración de menores centroamericanos se puede entender por “asesinatos de jóvenes pobres, hombres en su mayoría”: juvenicidio.

El 90 por ciento de los 65 mil menores de 17 años detenidos entre noviembre de 2013 y septiembre de 2014 (año fiscal estadounidense) se podrían considerar como jóvenes, adolescentes de entre 12 a 17 años de edad “Estos más de 63 mil adolescentes detenidos son adultos en sus comunidades, muchas de ellas madres solteras con embarazos adolescentes, a los que la categoría de menores migrantes no acompañados los representa como infantes, cuando en realidad son fugitivos del juvenicidio que describimos antes”, escribió la investigadora.

A inicios de febrero de 2017 el presidente número 45 de los Estados Unidos, Donald J. Trump, continúo con las deportaciones de inmigrantes intensificadas por antecesor y a Yeremy le importa una mierda. Sus ojos son color miel y tiene 24 años; dice que sus dos hijas y su madre lo esperan en los estados. Es el mayor de los tres primos que salieron de Cedros y el único que ha podido cruzar las tres fronteras nortes —Honduras-Guatemala-México-EU— hasta llegar al cuarto país, establecerse y trabajar durante más de tres años.

Conversé con Yeremy después de media hora de caminata bajo el sol, en un invierno con calor de primavera. El grupo se detuvo a descansar al costado del camino. De todos ellos he cambiado el nombre al escribir este texto. Los siete se sientan en el suelo, sobre un montículo de tierra, al amparo de las sombras bajo los árboles, en donde el aire refresca más. Los seis chicos hondureños quieren ir a trabajar. Según un informe publicado en mayo de 2016 por el Centro de Estudios de Guatemala, 54% de los centroamericanos en Estados Unidos tienen menos de 34 años, “Centroamérica aporta fuerza joven” al país de Donald J. Trump.

Yeremy, a mi izquierda, me dirá en los diez minutos de descanso que es la cuarta vez que cruza hasta México y espera lograr por tercera ocasión alcanzar suelo norteamericano. Como sus otros dos primos, hizo su primer viaje en la adolescencia, a los 14 años. En diez años ha sido deportado dos veces por “El deportador en jefe” Barack Obama. El presidente número 44 de los Estados Unidos deportó en sus ocho años de administración casi 3 millones de inmigrantes. Por eso puedo asegurar que a este hondureño de 24 años y ojos color miel no le preocupan las redadas reportadas por la prensa, su misión, -por ahora- es llegar a Palenque, Chiapas, junto al grupo de seis con el que camina.

—¿Se ha incrementado la inseguridad desde la primera vez que viajaste?

—Siempre lo he visto igual. A ver cómo está la cosa ahorita. 

—¿Qué pensaste cuando ganó Donald Trump?

—Me da igual. Gane uno, el otro, si uno como quiera siempre se la rifa para entrar allá igual y no le ayudan a uno. 

Un par de minutos antes de retomar el viaje, pasa frente a nosotros una camioneta de la Policía Municipal con los faros apuntando al sur. Hace treinta minutos, cuando subía hacia Palenque, los policías nos advirtieron de asaltantes en la zona. Ahora el grupo observa la camioneta azul bajar de nuevo con dirección a Chancalá. Yeremy expresa recelo, le pregunto cuántas veces le han bajado dinero los agentes con los que se han topado.

—Unas 7 veces.

—¿7 veces en 5 días?

—Todos los días le bajan dinero a uno.

—¿Cuánto te piden?

—100 pesos o 200 pesos.

—¿Por el grupo?

—Por persona.

 

***

 

Ella tiene 32 años y el 33. Es la segunda vez que ella va al norte y la quinta para él. También es la segunda vez que viajan juntos en un año de relación. Ella dice que es de San Lorenzo, una ciudad costera de Honduras y él dice que es de Choluteca; ella deja ahí a tres hijos al cuidado de su madre porque quiere trabajar en el norte para hacerles su casa. El norte es la ciudad de Monterrey, en México, en donde trabajaron seis meses antes de animarse a cruzar por Nuevo Laredo hacia Estados Unidos. Llegaron hasta Houston y treinta minutos después los agarraron y deportaron. Dejaron pasar las fiestas decembrinas, enero y ahora están de nuevo en el camino. Hoy me encuentro a la pareja en su viaje hacia Palenque. Caminamos una hora en la que con sonrisas en el rostro y charlas amenas respondían a los cuatro mexicanos preguntones. Wikipedia tiene razón, los habitantes de San Lorenzo se caracterizan por su amabilidad.

            —¿Van a Estados Unidos? —Le pregunto a ella.

—Dependiendo como se vaya portando el señor Donald Trump. Dicen que ahorita está sacando a todo el mundo, entonces ahí nos vamos a quedar en Monterrey donde estuvimos trabajando nosotros el año pasado. Vamos para Monterrey nosotros para recuperar el trabajo que dejamos botado.

La pareja trabajó en un hotel de Monterrey, ella era recepcionista y él se encargaba de la limpieza. “Está tremendo, imagínese cómo va a querer uno emigrar para Estados Unidos ahorita, nomás llega y lo deportan a uno, ¿para qué sirve? Mejor yo me voy a quedar aquí, me quedo aquí en México trabajando un buen rato, después regreso a mi país” le dijo él a otra reportera. También le dijo que trabajó tres años en Nueva York como asistente de albañil en donde le pagaban en un día lo que le toma ganar dos semanas en honduras, 130 dólares.

—¿El lugar donde vive hay muchas maras?

 —Muchas maras, muchos muertos, ahí no fallan de tres, cuatro cinco muertos. Todos los días, sino es que los matan por haber matado a alguien, o si no los matan por andar asaltando— dice ella.

Ella es llenita y lleva el cabello agarrado en una cola, dejando descubierta una frente con gotitas de sudor. Él es güero, de cuerpo delgado, alto y con ojos claros —es el segundo hondureño en dos horas que me sorprende con el color de sus ojos— sostiene en su mano izquierda una bolsa negra con atunes y galletas que una señora les regaló ayer. Partieron de Honduras hace cinco días, ayer a las tres de la tarde ingresaron a la ruta de la selva.

—No viajo porque yo quiero querer viajar sino es que yo viajo porque necesito yo hacerle, si es posible, aunque sea un ranchito, no me importa así que sea de tabla, de lámina, como sea, pero hacerles un ranchito a mis hijos, y tener un solar que en verdad ellos puedan tener un solar grande donde ellos puedan decir esta es mi casa —dice ella.

            En su primer cruce a México, cerca de Tenosique, recibieron una bienvenida que es usual entre los agentes del Instituto Nacional de Migración (INM): “De esa vez que nos agarraron a nosotros a ella le pegaron un garrotazo, —dice él al referirse al episodio en Tenosique— entonces ahí fue que me emputaron a mí, me cachimbearon, tuve que agarrar un garrote también y garrotearlos porque me enojó, ella quedó tirada en el suelo. Yo les dije la verdad a ellos, sé que andan en su trabajo, pero no deben de tratar a la gente así, a seguirlas así. A que uno se mate”.

Diez minutos antes de despedirnos una reportera pide de una entrevista más formal a la orilla del camino. Se sientan entre dos árboles y las caras se tornan serias.

—¿Por qué emprenden este camino hacia México, por México hacia su destino?

—Primer parte a veces por el trabajo, porque no se consigue trabajo en Honduras, y otra por la delincuencia que lo molestan a uno allá. Tal vez uno trabaja y gana su dinerito. Sus 3 mil pesitos y ya ellos andan ahí detrás de uno extorsionándolos, que les paguen la renta, y no les paga la renta pues, buscan a querer matarlo a uno —responde él. Después añade que en su lugar de origen existen dos maras: la Mara Salvatrucha y Barrio 18.

—¿Conocen los riegos de esta ruta?

—Sí, lo que he escuchado es que le salen a uno en el camino a asaltar, pero gracias a dios a nosotros no nos ha salido nadie. Por la voluntad de dios hemos venido tranquilos, hemos venido bien y pues si la gente, se consigue bastante gente buena aquí en México que tan siquiera la dan para comer a uno.

Él también dice que de las 2 mil 500 lempiras que tenían en la bolsa al iniciar el viaje, ahora no les queda nada. Solo 150 pesos que les regalaron en el camino. Lo han gastado todo en pasaje y comida en cinco días cruzando Honduras y Guatemala hasta alcanzar el sur de México.

— ¿Alguna autoridad les ha pedido dinero?

—La autoridad de Guatemala nos ha pedido dinero. No les di porque le dije yo que no traíamos dinero ni para comer. Lo que hicieron fue bajarnos de la combi, nos tuvieron un buen rato hasta que se vino el mismo, el de la migra. El de la inmigración le dijo que se viniera y que nos dejara botados.

—¿De los cinco días que llevan ustedes en la ruta me dicen que estuvieron tres días sin comer?

—Sí.

—¿Ahora con 150 pesos hasta donde pueden llegar?

—Hasta Palenque si dios quiere. Tengo que buscar trabajar unos dos días para agarrar viaje hasta si quiera hasta Veracruz.

—¿En qué puedes ayudar en este camino?

—No sé, en lo que me salga. Ayudante de albañil, no sé. Total, que sea trabajo, algo.

—¿Cuando ustedes salieron conocían las noticias de todo lo que está haciendo el presidente de EU, no les da miedo?

—No. Para nada.

— ¿Si llegaran a Estados Unidos a qué te dedicarías?

—Bueno yo allá trabajaba en el roofy, andar pegando, hacer encielado, de ahí me dediqué a cortar grama, de ahí me dediqué a la construcción.

—Decías que tú ganabas 150 lempiras en Honduras por trabajar en el campo. ¿Cuánto ganabas en Estados Unidos por ese trabajo que tú hacías?

—Ganaba 130 dólares diarios. Equivalen a 2 mil 600 lempiras por un día— responde, aunque equivalen a más, a 3 mil 200 lempiras.

***

Unas horas después de la caminata hacia Palenque, los mexicanos preguntones nos dirigimos al norte, a 20 minutos de la estación de Salto de Agua, Chiapas. Ahí sentí vibrar la tierra bajo mis pies. Frente a mí pasaba La Bestia casi vacía, con decenas de migrantes que antes de la implementación del Plan Frontera Sur eran cientos. “Valoro mucho los esfuerzos de México por abordar la cuestión de los niños no acompañados” dijo Barack Obama en una reunión en enero de 2015 a Peña Nieto. Uno de los esfuerzos mexicanos fue el que vi cuando caía la tarde y maldecía mi mala suerte porque sin la luz del sol, no podría capturar buenas tomas del tren que lo mismo los lleva al norte o en segundos, les puede arrancar un brazo, una pierna o matar el sueño americano.

Obama agradeció el esfuerzo mexicano por hacerle la chamba. A partir de la implementación del Plan Frontera Sur, a mediados del 2014, como respuesta a la crisis de menores no acompañados detenidos en la frontera sur de Estados Unidos, las deportaciones desde tierras mexicanas aumentaron. En el 2014 el gobierno mexicano deportó en 36 por ciento más centroamericanos que en el año previo: si en 2013 fueron 78 mil 733, un año después la cifra ascendió a 105 mil 303 y en 2015 fueron 176 mil 726 de acuerdo con datos de la Unidad de Política Migratoria.

Rubén Figueroa, coordinador de la región sur-sureste del Movimiento Migrante Mesoamericano (MMM), comentó al pie de las vías cuando esperábamos a La Bestia “en los primeros meses del año la migración tiende a crecer, lo cual no ha cambiado a pesar de la dureza de las declaraciones del presidente de Estados Unidos al respecto. Siguen entrando al país diariamente entre 800 y mil centroamericanos sin documentos debido a que las causas que originan el fenómeno migratorio, como son la violencia, la pobreza y el cambio climático, permanecen. Sin embargo, desde la implementación del Plan Frontera Sur en 2014, las rutas de los migrantes han cambiado para hacerse menos visibles”, explicó.

En un informe de investigación publicado en noviembre de 2015 por la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, por sus siglas en inglés), elaborado después de visitar en verano de ese año nueve comunidades en Chiapas y dos en San Marcos, Guatemala, motivados por investigar las consecuencias del Plan Frontera Sur, concluyen “el Programa Frontera Sur del gobierno mexicano -un conjunto de operaciones para reforzar la seguridad y controlar el movimiento de personas en la región, que ha recibido el apoyo de E.E.U.U.-no ha solucionado los problemas que provocaron la ola migratoria de 2014. En todo caso, el programa ha postergado los efectos de dichos problemas, y ha hecho que cambien de forma”.

Los altos niveles de pobreza, la falta de oportunidades, los homicidios, corrupción y el cambio climático que ha provocado desde huracanes hasta sequías son la raíz del éxodo centroamericano. Donald J. Trump o Enrique Peña Nieto podrán cerrar fronteras, pero los migrantes seguirán caminando. Como esos nueve que me topé en Palenque, Chiapas, a quienes las deportaciones les importan una mierda.

Con información de Mariel Arroyo y Luisa Manrique

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