Las llamas del edén

Salma Abo Harp
December 31, 2016

Foto: Jaime Avalos
Foto: Jaime Avalos

El peligro huele a gas; el peligro emana de un gasoducto fisurado de 48 pulgadas en Huimango, Cunduacán. La señal de alerta se activa en el cerebro de los técnicos de Pemex, quienes desde esa tarde trataban de reparar el ducto. El instinto de supervivencia prepara los cuerpos de los empleados de la paraestatal; la sangre fluye hacia las piernas y empieza la huida. Hay que correr, esto puede explotar en cualquier momento; así grita un hombre con casco blanco mientras huye. El delegado de Huimango emite la alarma. Hombres, mujeres y niños corren lejos del dren ubicado sobre el kilómetro 22 de la carretera Comalcalco-Cunduacán en Tabasco, la noche del viernes 8 de julio de 2005, cerca de las 10:30 PM.

Mientras, la nube de gas avanza hacia el norte, siguiendo el cauce del dren W28. El poblado Benito Juárez segunda sección, en Jalpa de Méndez, se encuentra a su paso. La alarma no llega a Benito Juárez. En pocos minutos, alrededor de ocho casas a orillas del dren sufrirán el efecto de la combinación de gas amargo y fuego. En cuestión de segundos, la noche se volverá roja.

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Unos dicen que la explosión se originó por el fuego de unas velas en un altar, otros que la originó un fogón de una cocina. Si el personal de Pemex hubiera alertado a la familia Xicoténcatl, entre las casi cuatro horas que transcurrieron desde la fuga del gas hasta el incendio, esta historia no existiría.

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Antonio Miranda Xicoténcatl jaló tan fuerte como pudo el cuerpo de su esposa Francisca. Con 54 años, le fue difícil cargar sin ayuda a una persona robusta y enferma de parálisis, pero las llamas que rodearon su casa cerca de las once de la noche le dieron la fuerza para sacarla de la cama, sentarla en la silla de ruedas y empujarla hasta salir de la casa. A pocos centímetros de la puerta, la silla chocó con un obstáculo que estaba en el suelo, impulsando a Francisca hacia adelante; su frente golpeó el marco de la puerta y la sangré brotó sobre su ceja derecha. Antonio tomó de nuevo a su esposa en brazos y la subió a la silla para salir de las llamas. Cuando el fuego amenaza tu vida, sólo tienes en mente una cosa: huir.

Al llegar a la sala, Antonio decidió cambiar la silla de ruedas por la carreta azul que se encontraba en su patio, era la más idónea para cruzar el camino de tierra que los sacaría de ese infierno. Corrió, cruzó el corredor de madera que se caía a pedazos por culpa de las llamas, y al llegar al patio, no demoró en tomar la carreta; aunque rodeado por el fuego, para Antonio éste sólo era un visaje. No había tiempo para ver cómo las llamas teñían la noche de naranja y rojo, quemando los árboles vivos como si ya estuvieran secos.

Diez años después, en este pedazo de tierra, escenario del viernes rojo, hay sólo ruinas con paredes grises y negras que la naturaleza ha cubierto de verde, como tratando de ocultar la tragedia causada por el gas, el verdugo casi invisible, que para Antonio llegó como un sereno con olor a azufre. El infierno estaba ahí, rodeando, esperando la chispa que encendería su calor.

Pero en 2005, Antonio está de nuevo en la sala, listo para sacar a su esposa de la silla de ruedas y sentarla en la carreta azul. Eran muchos kilos a cuestas, con el enemigo murmurando su peligro a centímetros de la pareja. Antonio tomó a Francisca por la cintura y entonces llegó el relámpago que marcó las manos y pies de Antonio, expandiendo una luz por la sala en forma de llamas.

El relámpago fue la explosión de un transformador ubicado sobre un poste de madera en la esquina de su casa que provocó más fuego. Las flamas incendiaron el vestido de Francisca, expandiéndose sobre su costado derecho. Ella nada podía decir o hacer; la enfermedad que paralizó su cuerpo dos años atrás la relegó al simple papel de espectadora. Se expresaba con la mirada, sus quejas sólo eran gemidos.

Antonio agitó frenéticamente sus manos sobre el fuego que incendiaba a su esposa; ignoró el ardor en sus pies y en sus manos de jornalero que también se quemaban hasta que logró subir a Francisca a la carreta para seguir la huida.

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Dejas atrás la hamaca colgada en la sala; en pocos minutos no será más que trapos quemados. Dejas atrás la silla de ruedas de tu esposa; en unos días ella morirá. Dejas atrás la casa donde creciste, a tus patos que nadaban en el río y a tus gallinas que serán robadas mañana cuando el fuego haya cesado. Dejas atrás a la nauyaca de dos metros que no sabías que vivía en tu patio, en el tronco de una ceiba; de todas formas, el fuego también la matará.

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El gas amargo que mató a seis personas en Benito Juárez segunda sección emanó de una fuga en un gasoducto de 48 pulgadas que se encontraba en el fondo de un cuerpo de agua, debajo del puente La Mona, sobre la carretera Cunduacán-Comalcalco. En una entrevista al entonces subdirector de Pemex en el año 2005, Carlos Morales Gil, publicada en el diario Tabasco Hoy, él explica que el ducto medía 367 kilómetros de longitud y trasportaba 118 millones de pies cúbicos diarios de gas amargo desde la terminal marítima de Dos Bocas a La Trinidad, en Cunduacán Tabasco. Al momento de la explosión el ducto tenía 21 años de antigüedad. Los habitantes de las comunidades cercanas alegan que los directivos de Pemex nunca habían dado mantenimiento al ducto, también señalan que una máquina jumbo que realizaba maniobras en la tarde de ese viernes fue la que originó la fisura.

La nube de gas encontró una fuente de ignición después de desplazarse 1 kilómetro con dirección norte y se encendió en los alrededores de las casas Xicoténcatl. El incendio siguió la misma dirección por la que había venido, hasta regresar al ducto. Amanda Sánchez Martínez, una mujer de tez blanca y ojos verdes, quien en julio de 2005 era la delegada de la comunidad Benito Juárez segunda sección, me detalló que protección civil de Pemex consideró que el accidente no fue una explosión. Ellos le explicaron que el fuego se originó a causa de un incendio ya que si el ducto hubiera explotado, gran parte de Benito Juárez no existiría.

La noche del viernes 8 de julio, la ex delegada se encontraba en su casa, ubicada a un costado de una carretera que conecta Benito Juárez con la “vía corta”, como se le conoce entre los tabasqueños a la autopista Dos Bocas-Frontera. Amanda estaba junto a su madre, su esposo y sus hijas. No había mucho que hacer en un poblado de 2 mil 326 habitantes. A las 10:35 PM, un sonido parecido a una fuerte detonación interrumpió la monotonía de la noche. La entonces delegada corrió a su patio frontal y observó que a más de un par de kilómetros detrás de su casa las llamas iluminaban la noche.

De repente se va la luz, no se sabe qué es, pero se escucha una detonación fuerte. Fue cuando la gente empezó a correr hacia acá, gritaban ‘¡Hay explosión!’, y se vio el cielo rojo. Estábamos retirados, pero se veía la claridad… Las llamas ardían por lo menos a esa altura”, explica Amanda señalando una palma que se encuentra frente al patio frontal de su casa.

Me subo en el primer vehículo que encuentro y voy para allá y mi marido empezó a sacar a la gente, pero era un terror de la gente; en el carro, todo el mundo se quería subir. Fue espantoso”, pronunció esta última palabra bajando el tono de voz, como si el adjetivo le quitara el aire de los pulmones y saliera de la boca con dificultad.

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Las tres ambulancias que avanzaron con las sirenas encendidas alumbrando la noche de rojo, sobre la avenida Ruiz Cortines hacia las afueras de la ciudad, despertaron el instinto del fotoperiodista Jaime Ávalos. Cubrir nota policiaca y 10 años en el periodismo le enseñaron a seguir estas señales.

Ver una ambulancia era sinónimo de un accidente; dos ambulancias era un choque con muertos o heridos; tres ambulancias, el asunto estaba grave. Eso era para nosotros como un código; que estaba bueno el asunto”, dice Jaime mientras me relata la noche del 8 de julio de 2005. El fotoperiodista tiene la piel morena, cejas grandes, labios gruesos; a veces da la impresión de reírse cuando está explicando algo, quizá sean los nervios. Lo conocí cuando él impartía una charla sobre fotografía, hace más de un año. Su sonrisa y su voz, que a ratos se deja de oír, ya sea para tomar aire o porque está pensando la siguiente oración, quedaron grabadas en mi mente. En septiembre de 2015 accedió a hablar conmigo para explicar la historia detrás de las fotos de la explosión en 2005.

Jaime y Juan Alejandro, reportero y su compañero en el diario Tabasco Hoy, vieron pasar el convoy de ambulancias mientras ellos salían en la motocicleta en la que se transportaban del Parque Museo La Venta en Villahermosa Tabasco, a 42 kilómetros de Huimango.

Nos fuimos siguiendo la ambulancia, pero me acordé que no traíamos gasolina, y entre mi compañero y yo juntamos 20 pesos en monedas y seguimos. Las ambulancias ya nos habían dejado, pero nosotros íbamos a ver qué encontrábamos. En algún punto íbamos a encontrar algo”.

La búsqueda por la nota siguió. Al llegar al paso Cunduacán, los reporteros divisaron vallas colocadas a lo ancho de la carretera y a policías de tránsito impidiendo el paso de los vehículos con dirección a Cunduacán. Jaime y Juan tenían la versatilidad de la moto de su lado. “Como andábamos en moto, nos colamos. Ya se alcanzaban a ver las llamas. Algo fuerte estaba pasando”, dice Jaime.

En la entrada a la ciudad de Cunduacán, otro retén impedía el paso de los vehículos, pero Jaime cuenta que aceleraron la motocicleta para burlar la seguridad. Un tercer retén les esperaba después de cruzar Cunduacán, unos kilómetros antes de Huimango. Los policías tenían acordonada la zona.

Jaime conocía los recovecos de ese lugar. Además, un niño los guio por un camino que les permitió rodear la carretera y salir hacia el puente que cruzaba el cuerpo de agua donde el ducto expulsaba gas; fue como un pequeño Virgilio guiando a Dante al fuego intenso, al infierno en el Edén. Las llamas salían del agua; de la vida salió el verdugo que esa noche provocó la muerte de seis personas. Jaime enfocó con su Canon 20D y capturó su primera foto: en la imagen se observa la silueta de tres personas paradas sobre el puente y en el fondo las llamas rojas de casi 30 metros de altura iluminando la oscuridad.

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Lo que a nosotros nos jodió no fue el fuego, fue la luz eléctrica la que nos quemó”, relata don Antonio Miranda Xicoténcatl, sentado frente a mí en una silla de madera, con 64 años de edad. Tiene la piel morena de quien trabaja bajo el sol, lo poco que queda de su cabello parece polvo gris esparcido por su cabeza. Desde mi silla puedo ver las cicatrices; los tatuajes que el fuego grabó en sus brazos y pies aquel viernes de verano que mató a seis personas, entre ellas su madre, Francisca Xicoténcatl Vicente, de 70 años; su esposa, Francisca Xicoténcatl Domínguez, de 56 años; y su hijo Marcos Miranda Xicoténcatl, de 17 años.

Don Antonio me recibe en el corredor de la casa que construyó bajo la sombra de un almendro con el dinero de la indemnización de Pemex, ubicada en Benito Juárez primera sección. La tarde es calurosa, el sol está arriba, calentando con su luz al trópico, rodeado por el color verde de los árboles de cacao y el sonido de pavos y gallinas. Han pasado diez años desde aquel viernes de julio. La decisión de quedarse a vivir en el campo quizá la explique toda una vida como jornalero. A este hombre su padre le enseñó desde pequeño el trabajo duro en los campos, con el sol de Tabasco tostando su piel, mientras sembraba maíz, café, arroz.

En ese tiempo no jornaleaba, le estaba haciendo un atole a mi esposa para que cenara y se durmiera. La atendía como si fuera una niña. Entonces fue cuando oímos la explosión”, cuenta don Antonio.

Don Antonio tiene ganas de relatar, esas ganas que vienen con la vejez. Adoptó una postura cómoda. Sentado, extiende sus piernas sobre una silla y descansa las manos sobre su regazo, pero cuando el relato llega a momentos de tensión, sus manos abandonan la comodidad y se elevan sobre su cabeza; suben, bajan, simulan que levantan algo, ya sea a su esposa Francisca, a quien logró sacar del fuego empujando una carreta azul, ya sea a su hijo Marcos, a quien encontró en el suelo boca abajo, sobre el camino de tierra, con las llama saliéndole del espinazo, quemándolo de pies a cabeza, muriéndose.

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Estaba todo el lugar quemado, no sé cuánto abarcó a la redonda”, me dice Jaime al explicar la escena que tenía ante sus ojos. Jaime caminaba sobre la carretera, a pocos metros de la fuga de gas que expulsaba llamas. Logró ver a los carros bomba que habían llegado horas atrás para tratar de controlar la fuga, quemándose. Lo mismo ocurrió con más de una docena de vehículos que pertenecían a personal de Pemex y a particulares estacionados a lo largo de la vía corta. “Habían como 16”, dice Jaime.

—¿Murió gente? —le pregunto

—Platiqué con unos de Pemex que corrieron hasta que se cansaron, porque ellos sabían que si los alcanzaba… Estaba tomando fotos del lado de Cunduacán de los carros quemados, quería cruzar al lado de Comalcalco. Entonces entró a buscar unos heridos la ambulancia pero ya no la alcancé. Quise cruzar el puente… Eso estaba intenso, era un horno, no pude cruzar. Lo que sí me enteré era que habían muertos del otro lado por eso quería cruzar.

Foto: Jaime Avalos
Foto: Jaime Avalos

Jaime siguió fotografiando a los carros quemados, el carro bomba, a los bomberos que vio llegar para apagar el incendio. En una foto se observa a dos bomberos con manguera en mano apagando las llamas de un vehículo. En la imagen priman de nuevo los colores negros de la noche y los matices naranjas y rojos de las llamas. Estos mismos colores pintan una fotografía en la cual árboles quemados posan con sus ramas sin hojas; al fondo, se ven las flamas producto de la fuga de gas.

Después llegó el ejército, que no dejaba pasar”, narra Jaime, “pero nosotros estábamos adentro. Llegó la seguridad de Pemex. Como en ese momento es caos, pues ni te tocan, no te dicen nada, no se dan cuenta. El centro donde había estado la fuga estaba horrible. Me bajé tantito a la cabeza del puente a hacer una foto, era intenso. Le avisamos a nuestro jefe que estábamos en la explosión, pero como ya habían cerrado edición, nos dijo que nos fuéramos. Hice una foto rápido de la gente que estaban evacuando”. Entre estas últimas fotos que tomó Jaime, un señor pedalea un triciclo con una señora a bordo, tratando de alejarse del lugar.

Cuando Jaime y Juan llegaron a las oficinas del diario Tabasco Hoy, el director editorial Héctor Tapia emitió la orden de que pararan las máquinas. La edición ya había cerrado y el ejemplar de esa noche se estaba imprimiendo. “Al ver el material, el director dice: ‘¿Llevamos la fotos en grande?’. Y le digo pues no sé, usted es el director. ¿La llevamos o no la llevamos?”. Volvió a preguntar el director. “Pues le digo sí”, cuenta Jaime, orgulloso. Su orgullo nace porque en el 2005 el diario no publicaba fotos que abarcaran toda la portada. Su foto fue la excepción.

Tabasco Hoy tomó una decisión. El director olió la noticia y dijo esto va. En el aspecto de las fotos siempre hay que contextualizarlas; la portada es una parte del camión quemándose, las llamas y un bombero caminando”, explica Jaime. “Lástima que no guardé el diario que ya se estaba imprimiendo” lamenta el fotoperiodista, a diez años de esa noche.

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La nube de gas se encendió cuando Marcos Xicoténcatl, de 17 años, hijo de menor de don Antonio, estaba afuera de la casa. Sorprendido por el fuego, el adolescente corrió a esperar debajo del poste de electricidad que sostenía al trasformador que provocó su muerte. Cuando el transformador explotó, junto a él se encontraba su abuela Francisca Xicoténcatl Vicente, a quien la primera explosión —la provocada por el gas amargo— la hizo huir de la casa y resguardarse al lado de su nieto. Ambos ignoraban el peligro que representaba situarse cerca de un transformador eléctrico en medio de un incendio.

Cuenta don Antonio que la primera víctima del viernes rojo fue doña Yolanda Xicoténcatl Álvarez, de 64 años. Los vecinos dicen que el esposo de doña Yolanda solía cerrar con un candado el portón, y que cuando ella trataba de abrirlo apurada por las llamas, las líneas de electricidad reventaron, cayéndole encima y matándola casi al instante. Encontraron su cuerpo justo en la entrada de su casa.

La segunda víctima fue José de la Cruz, amigo cercano de don Antonio, padre de tres niños, quien solía guardar su motocicleta en la sala, junto a un bidón de gasolina. Mientras José sacaba a sus hijos de la casa en llamas, la moto y el bidón explotaron, matándolo.

El hermano de don Antonio, Lázaro, al enterarse de la explosión se trasladó a la casa de la familia y usó su bicicleta para transportar a su madre Francisca hasta llegar a la ambulancia que los esperaba en la entrada del camino que conducía a las casas Xicoténcatl. Después de que don Antonio recorrió el camino de tierra empujando la carreta azul sobre la que iba su esposa hasta alcanzar la ambulancia, regresó a auxiliar a su hijo Marcos.

Cuando lo encontré botado, me dice “Pa’, venme a apagar el fuego, ve como estoy”. Como estaba embrocado en el espinazo, salía el fuego desde la punta del pie hasta la cabeza. Aguantó a caminar desde mi casa hasta acá doña Magnolia, unos 500 metros— dice don Antonio. Después usó la carreta azul para transportar a su hijo a la segunda ambulancia que llegó a auxiliar a los Xicoténcatl.

Íbamos cuatro: José de la Cruz, mi mamá, Marcos y yo. Vi a mi mamá tirada en el piso de la ambulancia completamente quemada, duró tres días viva. Marcos se quemó todo el cuerpo.

Marcos, el hijo más chico de don Antonio, murió el lunes siguiente. Su esposa Francisca falleció el fin de semana.

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Los tabasqueños sabemos que el agua también es sinónimo de muerte. Vivimos rodeados de ríos que riegan la tierra fértil tabasqueña —la “tierra buena”, se escucha en una canción que en su coro invita a visitar el edén tabasqueño—. Cuando comienza la temporada de lluvias, en octubre, al viajar por las carreteras de Tabasco y cruzar los puentes, es casi inevitable voltear la mirada para observar los grandes ríos y medir el nivel de éstos; las inundaciones en el estado son cosa frecuente. En la gran inundación del 2007, los ríos reclamaron el espacio que los tabasqueños invadieron, llevándose vidas como tributo.

En 2005 en Huimango, Cunduacán, el dren W28 —conocido también como un río entre los vecinos— transportó gas sobre su cause; el gas les llevó fuego a los habitantes de Benito Juárez segunda sección. El río se encendió como un hilo de fuego, recuerda Amanda Sánchez, entonces delegada de la comunidad. Nunca olvidará a las vacas aún vivas con la piel pelándose y cayendo a pedazos.

Para el fotógrafo Jaime Avalos, la escena que presenció el día siguiente al regresar a Benito Juárez quedó fijada en su mente. No olvida las casas calcinadas, las televisiones derretidas, la espalda quemada de la gente que logró huir. No olvida al becerrito chamuscado, con la piel dura, y el horrible sonido de su respiración. Para Jaime, lo que vio ese día fue como un cuadro de Dalí: surreal.

La carretera estatal Reforma-Dos Bocas atraviesa campos verdes donde las vacas pastan. Al dejar atrás Cunduacán, sobre el camino se observa a campesinos vendiendo el producto de su cosecha. Hombres, mujeres y niños ofrecen plátanos y naranjas en tiendas improvisadas, colocadas cada cientos de metros a los lados de la carretera. Los racimos de plátano verde cuelgan de palos colocados horizontalmente, las tiendas usan lonas recicladas como techo que antes promocionaban algo o a alguien. Las naranjas se venden en costales rojos o amarillos transparentes.

A la altura del kilómetro 22, la carretera atraviesa un puente. Bajo éste se encuentra el dren W28 con sus casi tres metros de ancho. Hay plantas verdes cubriendo su lecho. En el fondo se encontraba el gasoducto de gas amargo que se fisuró en 2005 y que escupió fuego después de encenderse. El dren se extiende hasta el horizonte, los árboles y plantas a su alrededor apenas dejan ver el agua que lleva; desde el puente se divisa a 600 metros de distancia un pequeño puente de tubos que cruza el dren y conecta el camino de tierra que pasa frente a las casas de las familias Xicoténcatl.

En un minuto y 30 segundos, manejando a una velocidad de 40 kilómetros por hora, se recorre la distancia que separa el origen de la fuga con la primera casa Xicoténcatl. El personal de Pemex, en las casi cuatro horas que transcurrieron desde que se detectó la fuga cerca de las 17:30 horas hasta que ésta se salió de control alrededor de las 21:40 horas, no alertó a las familias. El error mató a seis personas, hirió a más de una decena, entre ellas 5 niños. Las consecuencias del accidente número 29 de la paraestatal en el año 2005 se pudieron evitar. Un minuto y 30 segundos pudieron salvar vidas.

Para llegar a las casas Xicoténcatl sólo tienes que recorrer 500 metros desde el puente del kilómetro 22 hasta la entrada del camino de terracería. Lo primero que llama la atención es un oleoducto blanco ubicado a la izquierda, dentro de un terreno lleno de maleza. Siguiendo el pequeño camino de tierra en el que apenas entra un vehículo, se llega a las primeras dos casas que desde 2005 están deshabitadas. Una frente a otra no son más que ruinas grises.

En la casa ubicada a orillas del camino, sobre el lado izquierdo, sólo quedan las paredes grises con manchas negras. Un pequeño árbol de papayas adorna la entrada, a menos de un metro de lo que solía ser la sala con su piso azul. La casa está dividida en tres pequeñas secciones que solían ser cuartos. dentro de un cuarto, sobre la pared blanca, alguien dibujó dos huesos cruzados con un cráneo en el centro.

En el lado derecho del camino, se ubica otra ruina que solía ser el hogar de alguien. La maleza ha cubierto la entrada de la casa, al parecer nadie se ha acercado aquí en meses.

Siguiendo el camino de tierra se llega a la tercera casa. La mala hierba apenas deja ver la edificación. Un portón con pedazos de pintura azul, ahora oxidado, custodia la entrada. La hierba se ha enredado en el portón, lo ha cubierto de verde. Este fue el lugar donde doña Yolanda murió. Observo las líneas de electricidad que pasan sobre mi cabeza y pienso en la mala suerte de doña Yolanda. El portón que la cuidaba provocó su muerte; mientras ella intentaba abrirlo, las líneas de electricidad cayeron.

Sigo el caminito de tierra. Son casi las seis de la tarde, diversos sonidos provienen de la vegetación verde a los lados del camino. Sólo adivino el sonido de los grillos y el cantar de algunos pájaros. He encontrado tres casas abandonadas, deberían ser más. Trato de verlas entra la maleza, sin éxito. El color verde ha cubierto todo. Camino siguiendo las líneas de luz hasta toparme con el transformador que fue el terror de don Antonio. En su casa me dijo que le provocan miedo las líneas de electricidad y el nuevo transformador que llegó a suplir al que explotó. Al llegar al puente tubular, oteo hacia la derecha, hacia el dren W28. Veo los carros cruzar el puente sobre la vía corta y sigo el camino de la carretilla azul que transportó los cuerpos quemados.

El río trajo fuego, no agua; volvió rojo el verde del Edén.

Texto publicado en Diario Activo [diarioactivo.mx]

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