Los últimos latidos del viejo mercado Pino Suárez

Salma Abo Harp
December 21, 2016

Escucho el sonido de las maquinitas tragamonedas en el Mercado Pino Suárez. Los pesitos caen dentro de la abertura provocando un ruido metálico. Veo a hombres y mujeres -nunca faltan los abuelitos- probando su suerte; cuando les favorece, con la misma rapidez con la que la máquina expulsa las monedas éstas vuelven a entrar: tin-tin-tin caen las monedas y la lucecita roja comienza su trayecto sobre las frutas dibujando un cuadrado. A mi izquierda justo en la entrada un hombre grita: ¡Limones a diez la bolsa! e intercambia palabras con una señora de cabello cenizo que vende ajos. Camino sobre el piso gastado, sintiendo el olor de las cañerías, taquerías, carnicerías, chiles, croquetas de perros, alimento para aves de corral. Es la primera mitad de julio y visito el mercado más grande y más viejo de Villahermosa porque hay planes de que este galerón de casi una cuadra y techo alto sea derribado para adaptarse a la modernidad.

Mercado Pino Suárez. Planta alta. Administración. Sentado detrás de su escritorio, Ernesto Govea Contreras cuenta: “Yo vivía en la esquina de Lino Merino y Pino Suárez cuando vino el gobernador a inaugurar el mercado. Pues como todo niño curioso, 13 o 14 años tenía yo, me jalé para acá para el mercado y me asomé por los portones que en ese tiempo estaban y vi hacia adentro y me pareció algo inmenso, era la nave central. Cuando llegaron los señores, los políticos con toda la pompa aquella que ese día llegó a inaugurar el mercado, cortaron el listón y ahí habló el gobernador, en ese tiempo estaba Madrazo, y de lo que me acuerdo es del costo de la inversión que se hizo, era de cuatro millones de pesos en aquél tiempo. Eso es lo que más recuerdo. Lo que vi del recuerdo. Fue como una experiencia inolvidable sin saber que yo iba a ser el administrador del mercado y que una niña preciosa me iba a venir a entrevistar el día que yo cumplía 70 años”. Narra pícaro don Ernesto en su oficina.

Hace 54 años de esa anécdota; hoy explica que el mercado manifiesta serias deficiencias estructurales en las instalaciones eléctricas y el drenaje. “Ya es necesario” responde cuando se le pregunta sobre el proyecto de reconstrucción del Pino Suárez con una inversión de 280 millones de pesos. El galerón de casi una cuadra será sustituido por un edificio de tres pisos, con espacio para mil 200 locales y un estacionamiento, según anunciaron en abril del 2016 autoridades municipales.

“Esos grandes monstruos poco a poco han ido liquidado a nuestros mercados”, afirma refiriéndose a las cadenas de supermercados de publicidad azul, roja o naranja que abren sucursales en las colonias: “No estaban preparados los mercados para la competencia, lucharon; hemos sobrevivido por la tradición y la cultura: el regateo, el calor humano, muchas veces hay buenas pláticas, buena vibra, eso le gusta a los que vienen aquí. En los grandes almacenes el trato es muy frio. Aquí hay productos frescos del día no refrigerados.

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El rincón artesano se encuentra a pocos metros de la entrada frontal derecha del mercado Pino Suárez. Con el número 36 pintado en la parte superior este pequeño local es uno de los casi mil 150 locales que se encuentran en el mercado. Ahí charlé con sus dueños: Gebert, un señor de ojos verdes, y con su padre, don Robert Zurita que a sus 82 años es uno de los últimos miembros fundadores del mercado Pino Suárez. Recuerda los años de apogeo del mercado: “No había supermercados en la ciudad, no había nada. Era el mercado público, eso hacía que esto viviera lleno”. El abuelo de cabello blanco, camisa celeste, pantalón negro y botas negras lustrosas renta junto a su familia cuatro locales que han servido para construir el patrimonio de su hogar. Gebert, el mayor de sus cuatro hijos es el propietario de El rincón artesano. Desde hace cuatro años, con sus productos variopintos lo adaptó a la modernidad depredadora: “Nosotros seguimos conservando las tradiciones de Tabasco. Todo esto es de aquí de Tabasco. Todo está hecho en Tabasco, todo artesanal, industrial” dice orgulloso don Robert.

Los contrastes de colores y productos bien podrían servir para ilustrar una postal. Así se ve el local de limpias paredes blancas de los Zurita: hay relojes de mujeres tabasqueñas que en sus faldas extendidas marcan la hora, cayucos en miniatura apilados sobre un estante, frascos de salsas de colores negros, verdes, rojos y naranjas -dependiendo el picor-, licores de cacao, maracuyá, flor de jamaica; horchatas, galletas, chocolates, botellas de vainilla, bolsas con granos de cacao, panes de Emiliano Zapata, quesos de Tenosique, llaveros, ceniceros, cabecitas Olmecas…

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Don César Aguilar, 71 años, bigotito y cabellera entrecana, me cuenta anécdotas de su vida en su mercería “César” ubicada desde hace seis años en un local de la planta alta del mercado Pino Suárez: “Cuando yo entré aquí no existía eso” y señala hacia la calle Primavera que separa dos cuadras que se extienden hasta la calle Pedro Fuentes. En cada esquina hay letreros azules de una cadena de abarrotes seduciendo a los clientes del mercado. Don César se refiere a hace más de medio siglo: “Todo ahí era orilla casi del río, lleno de sauce llorón. Todo eso era sauce llorón. Te digo porque yo venía a jugar ahí yo soy mero choco”. Su padre abrió un local donde vendía frutas y legumbres cuando se inauguró el mercado, pero el negocio aguantó sólo dos años al cambio.

De estantes de madera en su local cuelgan agujetas de zapatos y en las paredes hay estambres y botecitos transparentes con botones. Es una mercería en extinción: “Parisina y Modatelas han acabado con las mercerías chicas. Aunque todavía se defiende uno, porque normalmente aquí la atención es personal”, de esta charla anoto en mi libreta de apuntes que en sus tiempos los tacos costaban 30 centavos y abajo, en las calles, el concreto ha suplantado al sauce llorón; está inundando Villahermosa.

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