Cómo nos educaron

David Jiménez
December 12, 2016

¿Cómo nos educaron nuestros padres sin Pepa Pig, YouTube o Netflix?

Dante Alighieri redactó de una forma tan precisa el infierno que, los católicos, sin querer, usaron la ficción de La Divina Comedia como un mapa para ubicar los pecados en cada uno de los nueve círculos que el poeta escribe. Homero, cantor o no, narró esa amarga experiencia de Ulises para regresar a los brazos de su amada Penélope. Y yo les contaré la historia de un viaje corto pero lleno de experiencia que tuve en un transporte público.

No estoy ensimismado por la sucesión de acciones que dieron forma a lo que sucedió mientras viajaba en la combi. Suelo tomar este transporte todos los días de mi vida desde que tengo memoria, así que no es algo fresco para mí. He llegado a memorizar el nombre de los choferes que conducen en la ruta donde vivo y sé muy bien que los fines de semana tengo que pedir posada en casa de mis amigos para quedarme en alguna reunión o convivio porque después de las diez de la noche en lo único que puedo regresar a casa es en un servicio especial de taxi o Uber, y eso, “matemáticamente no nos convendría”- como diría el famoso vendedor de la playa.

Después de un día de tantas actividades entre resultados de exámenes finales, abordar un camión, caminar a 34° Celsius durante varias cuadras en un cielo sin nubes, llegar al trabajo para realizar llamadas y asegurar algunos contratos, lo único que quieres es descansar en una cama con un aire acondicionado alrededor de los 19° Celsius y un sueño interminable que equivalga a 24 horas de descanso. Pero entre el ufano sueño y el arrítmico trabajo, hay un Polifemo  que vencer a base de trucos, porque mientras Beatriz me espera para conducirme a la gloria, tengo que acompañar a Virgilio en la combi.

Subo al famoso transporte público que algunos medios de prensa denominan “cumbieros”, pienso eso mientras me río conmigo y suelto un pequeño sonido que se pierde entre los ruidos del escape. Para mi suerte la combi no es tan vieja, los usuarios de Boquerón resultaron consentidos por aquella ley que no permite que un transporte público tenga más de 10 años de antigüedad.

Y allí estoy rodeado de padres de familia, niños y bebés; también hay jóvenes que van inmersos en sus audífonos y su universo musical, yo perdí los míos; lo sé, es difícil llenar la mente de música imaginaria pero también es más fácil observar. De hecho, me atrevo a afirmar que alguna providencia divina hizo que perdiese mis auriculares con el fin de que usted, en este momento esté leyendo esta crónica.

Algunos rostros dibujan un cansancio mientras se duermen, un  par de señoras morenas con cabello rubio platican de un tal Juan Pérez que se robó a una muchacha de 15 años, algunos prestan atención a la conversación porque quizás (como es costumbre de algunas rancherías conocerse por apellidos y familias) relacionan al tal Juan Pérez con algún conocido. La conversación cándida se alarga por unos minutos. Probablemente se cansaron o entendieron la indirecta del chofer que sube el volumen y  Julión Álvarez empieza a aturdirnos a todos, a mí especialmente.

Lo trato de ignorar así como cuando de pequeño me daba cuenta de que me acostumbraba a respirar de tal manera que no notaba en qué momento lo hacía, así sucede con la música, pasa a un segundo, tercero (o en este caso, la música de banda) o último plano. Ahora otro asunto de suma importancia aterriza en mis ojos, estoy viendo un cuadro magnífico.

Hay una señora de cabello corto, manga larga y  lentes que tiene a su hijo en sus brazos. Junto a ella y el niño también viaja una señora de ceño indígena, la mujer lleva una bolsa de pañales, toallas húmedas que le proporciona a la madre para limpiarle el rostro al bebé. Entonces hay un niño, una madre y la doña que lo cuida. Quizás alcanzaron a la mamá en el trabajo y se vinieron juntos como una familia normal en el transporte público.

Lo más común e impactante que hay es esa cotidianidad en la que los niños son expuestos ante los aparatos tecnológicos con tanta tranquilidad. Yo le pregunto lo siguiente a mi mamá: ¿Cómo le hiciste para educarnos sin los vídeos de Pepa Pigg, canciones en Youtube o Netflix? Me tocó aquella educación ancestral en que si llorabas te pegaban y si llorabas porque te pegaban, te pegaban más, un ciclo sin fin. Crecí en aquella “hostilidad” que agradezco porque mis hermanos y yo aprendimos a respetar a mis padres a tal grado de que uno los saluda de beso hasta el día de hoy.

No comparo la educación, tiene que evolucionar, pero me frustra el desinterés por educar. No sé de pedagogía pero jamás puede ser suplantada en su cabalidad, una hora de calidad de una madre (o padre) a su hijo por una hora (o más) frente a la televisión. Sé que las responsabilidades de ahora tienen que ser circundadas por ciertos actos, pero hay prioridades. ¿De qué sirve matarse trabajando de sol a sol por un hijo, si ese hijo más adelante es un mal educado que aparte de no servir más que para miseria, no le aporta nada a la sociedad? ¿De qué sirve sufrir horas pensando que la descendencia será mejor si cuando se tiene la oportunidad de convivir con ellos, se prefiere invertir el tiempo en otras actividades? Congruencia padres de familia, congruencia por favor.

Y allí iba el niño con los audífonos puestos y con el rostro iluminado por el dispositivo, viendo quién sabe qué cosa. Me imagino a los padres con una suprajustificación “Es preferible tenerlo entretenido a que haga un berrinche. Es mejor que no llore, que no nos deje en vergüenza en el transporte público; es mejor que cuando llegue a casa siga viendo televisión, total, ya hay canales exclusivos para infantes. Total, si el niño lleva una vida mediocre y embaraza a su novia en la adolescencia, no será por nuestra culpa- dicen los padres-  porque nosotros nos matábamos en el trabajo para que lo tuviera todo y así nos pagaron.”

El secretario de Salud, Rafael Gerardo Arroyo Yabur, al inaugurar el taller “Perspectiva de Género y Derechos Humanos en el embarazo de Adolescentes” reveló que cada año, se están registrando en Tabasco, un promedio de 50 mil nacimientos, de cuales 10 mil ocurren en menores de 20 años, lo que representa que el 20 por ciento de los nacimientos atendidos son en adolescentes. Es decir, estamos en segundo lugar de embarazos de adolescentes. Y en Perro Guardián se pueden revisar la evolución de homicidios dolosos en los municipios de Tabasco. ¿Y si no somos los ciudadanos faltos de sentido de responsabilidad desde las cosas más nimias hasta las más importantes el principal problema, entonces quién lo es?

No vaticino (ni quiero creer) que ese niño será un inútil, sería bastante discriminador sólo ese acto. Pero lo que quisiera, estimado lector, es que cuando vea una situación parecida, mientras dependa de usted, haga un trueque con ese tiempo o dispositivo y bríndele una mejor atención al niño, una de verdad. Porque México y Tabasco resuena hasta en las combis, su educación y pobreza también viajan con nosotros en cada ruta, en cada paso, en cada cuadra, en cada texto; porque como dijera San Pablo: Todo lo que el hombre siegue, eso cosechará.

 

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