Un San Cristóbal sin sus casas

David Jiménez
November 30, 2016

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Tuve una epifanía estando en San Cristóbal: para vacacionar allí debes de ahorrar lo suficiente porque es necesario llevar la mitad de gastos para ti, y el resto para quienes te piden dinero.

Ahorré lo que puede ahorrar un estudiante con trabajo de medio tiempo para vivir en carne propia esas imágenes seductoras que sondean las redes sociales de San Cristóbal de las Casas, obviamente, apoyado por mi universidad. Entonces quise aventurarme a disfrutar por algunos días; aprender de la historia, colonización y el impacto que la religión ha causado en muchos lugares de México. Me esforcé por disfrutar el paisaje cultural que Chiapas ofrece, con su gente, su cocina, su pasión en cada centímetro de tierra;les provoca levantarse a las cuatro de la mañana, y tener listo un chocolate en el mercado de dulces y artesanías para atender a su hermano, visitante o enemigo.

Entonces llegué, acompañado de un grupo de compañeros y mi novia. Fue fascinante que después de permanecer durante muchos meses en un lugar cálido, por fin pudieramos contrastar el clima y amanecer con una bufanda, sintiendo el frío yaciendo hasta en nuestro cabello. Amanecer gélidos de recuerdos, olvidando por momentos el trabajo, las responsabilidades, las tareas; amanecer desiertos de penumbras y volver a respirar ideas frescas, proyectos, música, teatro y la vida misma. Volver a respirar.

Y despiertas, esperas que haya agua caliente con una temperatura de 9 grados, sin embargo lo único que encuentras es la oportunidad de revivir la práctica del baño azteca, que preparaba a los militares en el Tepochalli. Bañarte con agua fría  a las siete de la mañana debería ser tomado por acto heroico y figurar en la lista de personas a canonizar.

Me levanté, me blindé del frío con una sudadera que expresaba “Yo soy Batman”, no está de más advertirle a la delincuencia que estaba protegido, al menos por mi imaginación. Es el secreto de salir adelante, creértela tú mismo. No soy Batman (y no sé si lo seré, pues mantengo la esperanza) pero estaba listo para empezar un día turístico, con un recorrido que seguramente iba a querer repetir el resto de mi vida. Mi pantalón de mezclilla ajustado declaraba una moda millenial que no sería sofocada por la temperatura; tampoco mis tenis serían vencidos porque quería dejar en claro que soy alguien que viste casual en un lugar donde los estadounidenses viven más que los propios chiapanecos.

Y así sucedió: camino por la calle y se ven más niños que adultos. Niños del color de la tierra, trabajando cuando deberían estar jugando o estudiando. Los infantes merodean con un discurso muy lastimero al pedirte dinero o venderte chapulines, pulseras, rebosos, collares; eso sí, todo muy colorido. No sólo niños, el comercio brota también en los adultos, indígenas (en su mayoría) que no tienen suficientes ingresos y se ven obligados a ser vendedores ambulantes. Además te respiran en el cuello, te persiguen por varios metros para tratar de convencerte que esa bufanda te hace falta. Y le compras, le compras a unos cuántos. El problema es que después de realizar la compra (sin regatear, lo cual es loable para un artesano) parece que se activa una alarma invisible anunciando que llevas mucho dinero para comprar todo a quienes venden.

Además de los adultos e infantes lugareños, vienen los estadounidenses, chilangos y cualquier ciudadano del mundo. Mochileros pienso yo, que aprenden a elaborar artesanías y que con un pésimo español logran venderte una simple y bella pulsera a treinta pesos. También están los que hacen shows y exhiben su talento con la lira, con el canto, baile o cualquier arte; quienes se venden con el público por unas monedas, ellos de verdad, para mí son los más valiosos. El problema es que quienes ofrecen estos eventos de miniatura no son del lugar, sino que hay un eclipse de tantas culturas en una sola calle.

Pero también está la peor parte, la que te hace sentir impotente y ser humano egoísta: Las personas invidentes o como aquel señor cantando a la mitad del centro histórico, además no poder ver tiene una masa de piel colgando detrás de su cabeza que apenas se sostiene por una delgada piel a su cráneo; carezco de conocimientos médicos pero parecía un tumor del tamaño de una papaya chica, casi del mismo tamaño de su cabeza. Además están los discapacitados, quienes sin importar lo difícil que resulte moverse en pleno frío, se atreven a detenerse junto a cualquier árbol y extender sus manos con la cabeza inclinada, atreviéndose a pedir lo que les quieras dar.

Sigo caminando y como todo turista, deseo un recuerdo fotográfico junto a la cruz que está a unos metros de la catedral, edificio que saluda a todo ojo turista de San Cristóbal. Para mi mala suerte soy riguroso en la fotografía y a veces quisquilloso con los planos y estética. El pie de la cruz donde quiero tomarme la foto siempre está lleno de lugareños sentados, platicando u observando el hormigueo de la gente.

Busco el madero, lo encuentro,  subo dos escalones de 40 centímetros y ayudo a mi novia como buen caballero, no se vaya a trastabillar. Colocamos nuestros pies con tanto cuidado para no aplastar las manos de los oriundos que ocupan el lugar. Estamos listos para tomar la fotografía, sólo nos encontramos decidiendo cuál es el mejor ángulo para una selfie, la catedral o la serranía; mientras pensamos cuál es la mejor vista, alguien frente a nosotros se arrastra desde los escalones, juro que parece un zombie, nos saca de onda. A mi novia le asusta pero me hago el valiente, quizás –argumento- no se atreva asaltarnos en plena luz del día y menos en un lugar tan público. No, no nos violenta; en lugar de asaltarnos, con un español mediocre nos pide que le regalemos cincuenta centavos. Casualmente ya hemos repartido la
“feria” en los demás indigentes y a mi novia sólo le queda rebuscar en su bolso, para sorpresa nuestra sólo encuentra cincuenta centavos, entendimos que si el hombre hubiese pedido con más fe, quizás hubiese sucedido algún milagro.

Pero encima de estas cosas que parecieran describir de forma despectiva un lugar preciso, aún suceden cosas más terribles en este bello pueblo mágico (porque el dinero desaparece sin trucos).

Cuando uno arriba  a San Cristóbal logra, a la distancia, divisar las iglesias que son  precedidas por gigantescas escalinatas que suben por los cerros. Cualquiera pierde la cuenta de qué tantas veces mueve las piernas para llegar a la puerta de un edificio colonial que data de varios siglos. Pero en el deseo de obtener experiencias imborrables se decide hacer un poco de cardio, arrebatar calorías del cuerpo y ofrecerlas en sacrificio para llegar allí.

Mi novia y yo subimos poco a poco, hasta encontrarnos con niños que según plantean, tienes que escribir nuestros nombres en un pedazo de hoja para una tarea; me alegro por el hecho de pensar que en medio de todo este viaje, haya niños estudiando. Empiezo a rellenar el especie de tabulario que apenas entra en una hoja doblada en la palma de mi mano, escribo mi nombre, el lugar de procedencia y después me encuentro con una casilla que dice: “caridad”.

— ¿Qué significa esto? — le pregunté al niño

— Lo que usted quiera donar señor, 300 o 500 pesos — me respondió con una voz lastimera.

— ¡Ahora sí me la aplicaste niño, ya me vacilaste — concluí, devolviéndole el papel

En la lista, quiénes se “registraron” antes que yo, habían donado según (lo cual creo que es muy poco probable) entre 500 y 600 pesos. Fuimos timados.

Molesto por el nivel de creatividad utilizado en el trabajo para los niños y en extorsión a turistas continuamos  subiendo, tratando en cada escalón, dejar atrás la amarga experiencia para refugiarnos en el frío que abraza y el viento que golpea con gracilidad en la altura.

Después de un largo día de sentimientos encontrados, observar la calidad de vida y lo amargo de las experiencias, decidimos que un chocolate y unas empanadas serían un santo remedio para toda esta agridulce experiencia. Por eso nos dirigimos al mercado, tomamos una mesa y nos dispusimos vivir lo que sigue de la noche sólo con el paladar.

Tardamos cuarenta minutos mi novia y yo cenando en ese lugar, y  pasaron alrededor de doce personas pidiéndonos dinero. Algunos mediante ventas, pero eso sí, niños en su mayoría. ¿Pudimos disfrutar las empanadas? Por supuesto que no. Ni si quiera eso. En cada bocado rebatía la necesidad de alimentar a todos los que se detenían a venderte algo.

Por eso la realidad me fue revelada, y ojalá no suceda en todos los  pueblos mágicos: para vacacionar allí debes de ahorrar lo suficiente; es necesario llevar la mitad de gastos para ti, el resto para quienes te piden dinero.

Me atrevo a decir lo siguiente: que el propio San Cristóbal pediría que se le quitara su nombre a la ciudad porque donde debe haber casas, hay un orfanato de tal magnitud y tan desbordante que a veces la mejor respuesta es ser indiferentes.

 

 

 

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